De lo feo en el mundo

¿Algún puede imaginar el privilegio que tuvieron los viajeros del XIX, esos primeros exploradores de la Alhambra, ingleses algunos, románticos todos, que conocieron las maravillas del mundo sin esa costra de vulgaridad que la comodidad del turista ha generado en el paisaje? Venecia hace doscientos años era Venecia. Hoy es otra cosa. Una Venecia con chanclas.

Nos hemos ido acostumbrando a ese feísmo circundante, y nuestra retina da por hecho que el mundo es en buena parte feo, que lo raro es lo bonito, y por eso la gente viaja a los lugares bonitos. Para salir de ese universo urbano de tipo fascista que creó el siglo XX. Y la producción en serie, donde la eficiencia se dejó el alma por el camino.

¿Cuándo empezó todo esto a ir definitivamente mal? A partir de 1950. Lo dice Julio Caro Baroja en sus memorias familiares, 'Los Baroja':

"Aquella fecha de 1950 fue crítica para mí. Crítica para España. Desde entonces, poco más o menos, comienza el proceso de despersonalización, el triunfo del plástico y la glorificación de los electrodomésticos como bien supremo. Para mí el comienzo del fin".

El fascismo, con su idea de crear ciudades perfectas donde hubiera un número limitado de pordioseros y todo tuviera su función y orden (véase Surcos, 1951, de J.A. Nieves Conde) no solo jodió, con Franco a la cabeza, la mayoría de los cascos urbanos de nuevo cuño de España, sino que contribuyó a lo que Georg Simmel ya denunciada décadas antes en La metrópolis y la vida mental: ese sentimiento de blasée de las metrópolis hipertrofiadas de estímulos efímeros.





¿Qué opinaría un Simmel contemporáneo, en un contexto en el que al sentimiento no superado de blasée se le une un universo no solo despersonalizado, con ciudades como Sanchinarro, sino con abundancia de atentados a la estética más básica, por mero afán de márketing, como puede ser un supermercado DIA, un estridente puesto de helados Frigo o, sin más, el ejército de coches de anodina inspiración japonesa que invaden las carreteras y ciudades?

Hemos dado por hecho que el mundo es así, como si ese grano que afea nuestra nariz no tuviera solución posible. Y quizá no sea así. En todas las fotos de los años cincuenta, cuando fotógrafos como Català Roca inmortalizaban un mundo que estéticamente comenzaba su derrumbe, en esas fotos que cuelga la gente en las redes sociales, vemos un grito de socorro y nostalgia por un tiempo pasado que, estéticamente, si no fue mejor al menos tenía más dignidad.

La posmodernidad trajo de la mano la fealdad, entendida esta como una exaltación de la función en detrimento de otros elementos (la catedral, con sus ornamentos en zonas incluso no visibles al ojo humano de la Edad Media sin aviones, sería el ejemplo de belleza, lo contrario a esa fealdad que denuncio). Nos la comimos con patatas y ya no se puede hacer nada. Derrumbar barrios enteros sería una solución demasiado radical. Nos queda la opción del refugio, el refugio estético, un hábitat sin esa ramplonería de espíritu que podemos construir cada uno, como humildes pero constantes soldados de la recuperación de la belleza, entendida esta como una apuesta por lo valioso que se esconde en lo intangible, en lo inútil, incluso.



                                                                 Foto de Francesc Català Roca


Comentarios

  1. También la periferia de las ciudades han sufrido tremendas tropelías estéticas. en Alicante, por ejemplo, existen muchas zonas polvorientas, llenas de terraplenes y escombreras, devastadas por la infinidad de carreteras y polígonos industriales que recuerdan los decorados de películas post apocalípticas.
    un saludo

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  2. Te ha quedado una reflexión con destellos del mejor Benjamin, enhorabuena. Él no hablaba tanto de lo estético como de lo político, Haussman con su remodelación parisina en la que el diseño de las grandes avenidas tenía como finalidad impedir las barricadas de los alzados en la revolución del 48. Pero muy interesantes los desplazamientos, casi simétricos.

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  3. Cierto, Andrés. Lo pienso cuando viajo a Almería: los barrios cercanos a la Alcazaba tienen un encanto especial. Lo construido a partir de 1960 es deprimente. Y así, en la mayoría de las ciudades españolas.

    Vaya, me alegro de que te haya gustado, Flâneur: lo escribí bajo los efectos de una gran resaca de San Cayetano así que, oye. Interesante lo de Haussman. Consiguió crear un París más cómodo pero sin privarlo de belleza. Sin embargo, como sucede en Barcelona, ese urbanismo tan racional creo que en realidad aumenta cierto desasosiego urbano. Prefiero Madrid, con su sucesión de barrios de su padre y de su madre, que ese ordenamiento de escuadra y cartabón...

    Gracias por vuestros comentarios : )

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    1. Buena entrada, Edu.

      A mi me parece que las ciudades son feas en muchos sitios son feas porque la gente viste de manera fea. Si miras bien esas fotos de Catala Roca, o similares, hasta la gente pobre vestia dignamente. Decoro es una palabra que hemos perdido y habria que recuperar.

      En el caso espanol el fenomeno del que hablas es acusado ya que es uno de los paises del mundo que se ha urbanizado a mayor velocidad. Si a eso le anades el turismo de masas, a partir de los 60, tienes el fenomeno perfecto. Cuando viajas a una isla griega cualquiera, o a Menorca, percibes lo bonito que hubiera sido la costa espanola si no la hubieramos destrozado.

      Siempre he dicho que le peor herencia del franquismo es la cultural.

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  4. Buen apunte, Iñigo.

    La dignidad en la manera de vestir, como único recurso para mantener la dignidad. Ese sin techo al que no le queda nada pero que aún tiene los arrestos para conservar ese decoro que le hace ciudadano, digamos, y no una sombra de sí mismo.

    Cuando estuve en Cuba, me fijé que la mayoría de la gente que llevaba bermudillas y camisas de tirantes con riñonera eran sobre todo los turistas. Muchos cubanos, sobre todo los no-jóvenes, llevaban pantalón largo y camisa amplia por fuera. Me propuse seguir su ejemplo y llevé pantalón largo, negro para más inri, durante toda la estancia.

    Y, sí, también en la Inglaterra industrial se conservó un decoro incluso en las casas más pobres, en serie, baratas, para las clases trabajadores. Ese ladrillo negro pero con algún ornamento, las chimeneas.. Una rebelión contra la mera practicidad que se perdió, por ejemplo, en la Guipúzcoa industrial de la segunda mitad del s. XX, que también denuncia por cierto Julio CAro Baroja en sus memoria. Cógete un día el topo o EuskoTren de Hendaya a San Sebastián: experimentarás un gran antisíndrome Stendhal u horror para tus retinas. Y no porque ofenda a la mirada burguesa, sino porque esa desidia implica también una rendición del espíritu. Por otra parte, si te fijas, la parte vasca de Navarra, mucho menos industrializada, conserva mucho más encanto que la vecina Guipúzcoa, echada a perder por una, digamos, especulación industrial que, como nuestras costas españolas, solo se preocupó de los aspectos prácticos, destrozando el paisaje y de paso el alma del país.

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