28A

Me desperté esta noche para ir a mear. Diría orinar, pero jamás uso esa palabra. Me levanté sobre las cuatro o cinco para hacer pis y pensé en mis primeras meadas. Recordé el pequeño cuarto de baño de la primera casa, en la que viviría 25 años, y las primeras mañanas. Sentía la ilusión de ese juguete nuevo que era todo mi ser, mi nueva vida. Iba familiarizándome conmigo, con ese pito por el que salía un agua amarilla; sabía que todo el mundo hacía eso y que lo haría cientos, miles de veces durante el resto de mi vida. Había en todo ese ritual una gran felicidad pero también una sensación de novedad, de estar estrenándome, de asumir mi yo en el mundo. Y no era la asunción de un ser que viene de la nada, con su principio y su fin, sino algo más parecido a lo que siente un actor cuando le asignan un nuevo y estimulante papel y, poco a poco, va haciendo suyo al personaje, sus andares, su forma de hablar para ir dándole, poco a poco, también, vida. Un personaje nuevo y que se escribirá sobre la marcha.




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