Tufillo a serendipia

Escribir un relato en el que te inspiras en gente conocida y en situaciones pasadas, o que no pasaron, y que en su no pasar dejaron quizá más huella que en el propio pasar. Escribir sobre todo ello, y dejar el café donde se escribía y mecerse por las calles. Tomar el viento de una fuerza que a veces siento y que me empuja o me inclina hacia una parte u otra. Pensar en bajar por la calle Jesús del Valle y de pronto sentir que no, que mejor por la calle de la Madera. Y acordarme de un post perdido en la blogosfera en que decía cómo cada segundo cuenta. Como cada microdecisión implica un desenlace u otro. Las víctimas del 11M y los que se salvaron por los pelos saben de lo que habla, y perdón por este giro demasiado grave. 

Tomar la calle Madera y, al rato, encontrarme con un viejo amigo que aparece, como actor secundario Bob, en el citado relato, y escuchar con gusto sus historias de buen periodista que es, con buenos cotilleos sobre el supuesto hijo ilegítimo del exrey Juan Carlos, Albert Solá, nacido antes que Felipe VI y, en puridad, teórico heredero al trono. Y cómo el propio Solá esta forzando pruebas de paternidad y de ahí las prisas en los aforamientos reales varios. Y ojo que esto coleará y a ver si se acaba la monarquía antes de lo que teníamos previsto.

Estar escuchando estas historias y descubrir que detrás de nosotros, en la misma terraza, se encuentra ella, a la que saludamos luego, y que también figura, no ella, sino una evocación de ella, en el relato que he estado escribiendo horas antes. Y sentir que si hubiera tomado la calle Jesús del Valle nada de esto habría pasado. Y que el relato, que aún no he terminado, tendría y tendrá un final distinto de no haber sido por ese encuentro. 

Recibo señales, pero, ¿señales de qué? No lo sé. Pero el relato, se titula, precisamente, Señales.

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