Lentillas contumaces

Desde los 12 a los 25 años llevé lentillas. Siempre fui torpe poniéndomelas, nunca me informé bien, no sabía que había un lado bueno y otro malo para ponérselas. Dormía con ellas, porque estaban diseñadas para ello, una tecnología lentillil denostada hoy día y mirada con escándalo por no pocos ópticos y ópticas a quienes se lo comento. Pero yo me las ponía al azar, al margen de la regla del "cuenco redondo" y "la vasija egipcia", y así que había días, sábados sobre todo, día de la semana destinado a aquel penoso trance, en que el ojo sufría por la presencia de ese cuerpo extraño, hasta que uno de los dos ganaba. Solía ser el ojo, que lograba domeñar, y dominar también, a la película de sofisticado plástico Acuvue hasta que se amoldara, nunca mejor dicho, a la curvatura ocular. 

Muchos años después decidí llevar gafas y olvidarme de esos toqueteos en el ojo. Luego me aburrí y volví a las lentillas. Me explicaron entonces lo del "cuenco redondo" y "la vasija egipcia" y, cojones, descubrí cuán sencillo era colocarse esos jodidos plásticos en la base del ojo. Qué maravilla. Me compré mis nuevos paquetes de "lentillas de día" encantado de la vida. 

Ayer, después de mucha piscina, sol y ejercicio visual (uno, que es voyeur) noté una borrosidad, cansancio y nubarrones en la visión muy cansinos. Estrés. Mi compañera de sardinas al espeto me sugirió la posibilidad de probar lentillas mensuales, las que ella usa, con buenos resultados. Mucho más baratas, además de tener una mejor calidad y aguante. ¿Por qué hasta entonces no me había enterado? ¿Por qué todos esos años de contumacia y perseverancia en el error oftalmológico? 

Inquieta, por no decir, acojona, pensar en la cantidad de contumacias en otros órdenes de la vida que uno ha podido acumular. Errores de los que uno ni siquiera es consciente y que, con el tiempo, uno descubre con cierto sonrojo y cara de tonto. Muchos se habrán ido a la tumba sin saber siquiera que fueron profesionales del error, en una ignorancia a la que no se aplica el ojos que no ven, corazón que no siente, sino que genera una desazón que seguramente se podía haber evitado con un abrir un poco más los oídos, las narices, los ojos, con o sin lentillas, a la vida.

Comentarios

  1. Está muy bien eso de esforzarse por afinar la vista cambiando lentillas por gafas y viceversa en un intento de ver claro, tanto física como mentalmente.

    Me he visto reflejada porque periódicamente encuentro intenciones, falsedades o lo que sea que me pasaron desapercibidas en su día. A veces de muchos años antes. Y eso que intento mirar las cosas a fondo, y que la ceguera me perjudicó.

    Pero veo gente que me parece aún más ciega. Llevan el piloto automático puesto a todas horas y, como den algo por hecho sea del tipo que sea, por mucho que les expliques, que se lo pongas delante incluso, no ven, no oyen y tampoco les importa. Luego, a veces, solo a veces, te encuentras que afirman lo que tú afirmabas con toda la seguridad del mundo como si lo hubiesen pensado toda la vida. Y el motivo de ese cambio está clarísimo: todo su entorno se ha pasado en bloque a esa opinión, ya no eres tú la rara, todo el mundo ha acabado viendo lo mismo sin recordar, ni por asomo, que siempre, hasta hace dos minutos, han pensado lo contrario.

    Por mi parte, ruego a santa lucía que me conserve la vista metafórica y que me la mejore a ser posible.

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  2. Muchas gracias, Molina, por este comentario. Hacía tiempo que nadie acudía a la vieja fórmula del comentario en blog y menos con tanta enjundia.

    Saludos nítidos

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