Jirones de fiesta

Veo una foto en las redes con la noria de los Sanfermines aún instalada y en funcionamiento. Un fin de fiesta mitigado. Eran esos días en Pamplona, o así los recuerdo, como una constatación del silencio, la calma tras la tormenta, una plenitud de vacío que le hacía fijarse a uno en detalles como las gárgolas de los edificios fascistas o las pelucas de las tiendas de pelucas, esos lugares tan tristes, que diría Patxi Irurzun, en seria rivalidad con una carnicería de pueblo abierta un sábado por la tarde, en otoño. 

Acababan los Sanfermines con el inequívoco acto del Pobre de Mí, que no dejaba lugar a dudas: the game is over. No pasaba así con las Navidades y de niño quizá hubiera envidiado un Pobre de Mí el día de Reyes, ese día que empezaba pletórico y luego se iba tiñendo de la melancolía de los finales y la inexorable vuelta a rutinas no siempre agradables. Ante esa falta de un ritual de conclusión, un antichupinazo, el árbol de Navidad podía prolongar su vida en casa hasta febrero. 

Acababan los Sanfermines y se iban los feriantes con la diversión a otra parte. Recuerdo haberme colado un día por las traseras de la Casa del Terror, donde tenían sus casas rodantes y fijarme en una ventana con visillos. Vi la vida en esas cortinillas castizas de quien llevaba otra existencia, ambulante, sin horarios, quizá más libre que mi encorsetada biografía de niño bien, y podría decir que sentí envidia, pero no estoy seguro.

Se iban las "barracas", como las llamábamos, pero aún resistía una pequeña selección. Algunos autos de choque o los aplastadores mecánicos de vino Cariñena. El circo era el último en marcharse; empezaba el primero con sus espectáculos y acababa el último. Nunca fui al circo, pero su presencia era evidente en toda la ciudad en forma de mil y un carteles desplegados. Hoy anuncian a todo trapo al ligre, el extraordinario y fascinante cruce entre un león y un tigre.

Quedaba una resaca de ruidos y una planicie que invadía toda la ciudad, superviviente un año más de la locura colectiva. Se iba la gente y quedaba el escenario, una osamenta un tanto triste ahora, reducida a su mera estructura. Como una foto de Cartier Bresson a la que le faltara algo, la mitad de la composición. Porque el fotógrafo primero elegía un escenario, una plaza, una escalera de caracol, al que luego le añadía una pantalla. El elemento esencial, el que daba vida, el que testimoniaba un instante decisivo. Ese que, en la tímida canícula de julio pamplonés, sería tan difícil de encontrar ahora. 


Cartier Bresson, que murió hace diez años, por cierto

Comentarios

  1. Recuerdo un escenario de Belagua sin actores, y ,como únicos testigos mudos de lo que había albergado, unos muebles de trastero y un piano desafinado. Paradójicamente me hicieron sentir que se había acabado la sinfonía inacabada...

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