30.6.14

La escritura como fin

Echo la vista atrás y veo la cantidad de horas y folios a las espaldas. Horas y folios de las que apenas nadie tiene constancia. Hay ahora una suerte de exhibicionismo del acto de escribir, mis cuadernos, bolígrafos, pantallas de ordenador y mis tazas de té de bergamota, que me parece altamente impúdico. Escribir es un acto íntimo, casi tanto más que el fornicar, así que me escandalizo cuando veo esas fotos en Instagram de los escritores modernos, que nos muestran en toda su desnudez las tripas de su proceso creativo. 

Me escandalizo pero en el fondo lo entiendo y puede que yo también lo haga en el futuro. Estos autores y autrices quieren hacernos partícipes de su dicha, como lo hacen los respectivos papás al mostrarnos a sus criaturas yendo al fútbol o a la piscina. Tener un hijo es ya un objetivo conseguido y eso hay que compartirlo, y el acto de escribir un libro, pienso ahora, quizá sea una misma cosa. Un objetivo logrado. Hola, estoy escribiendo un libro, el resto me la pela, soy feliz, jodeos.

Porque algo de eso pasa al escribir un libro. Tus días cobran sentido, tienes una causa. Das lo mejor de ti en esa particular cruzada creativa, te pones a prueba. Y sientes algo saludable en el ejercicio creativo, porque dar otra forma a las cosas, acotar la realidad, masticar conceptos e ideas que de otra manera se escurrirían por el fregadero, retener, aunque sea por unos segundos, la vida en toda su intensidad, no es mala cosa. Vivir dos veces.

Quizá toda esta argumentación no sea sino un vano consuelo para lo que otros tildarían, con más grosería o grosura, de fracaso monumental. Van ya unos cuantos proyectos literarios que, por razones varias, no han visto la luz y no sé si la verán algún día. Seis, concretamente. Cuatro novelas y dos diarios. 




Siempre he sojuzgado por lo bajini a aquel que dice que escribe para sí mismo. Yo siempre he escrito para mí, pero también con el objetivo en el horizonte de ser leído. Pero una vez que he asumido que muchos de esos textos no van a ser leídos, tampoco me ha importado especialmente. Como si ya se hubiera cumplido parte de su función. O una parte tan considerable que valiera para no generarme un lacerante foco de frustración. También he publicado otras cosas que han nivelado esa balanza, dando un resultado general que sale, a pesar de todo y un usando un símil fiscal, a devolver. 
"En la vida del artista no tiene por que pasar ninguna hora sin algún placer. Tomemos al escritor, con cuya carrera estoy más familiarizado; es cierto que trabaja con un material rebelde y que el acto de escribir desgasta y agota tanto la vista como el humor pero contémplele en su estudio cuando los temas se le agolpan en la mente y no le faltan palabras: cómo fluye el tiempo en una serie continua de pequeños éxitos; con qué sensación de poder, como si estuviera moviendo montañas, maneja sus pequeños personajes; con qué placer, del oído y de la vista, observa cómo va creciendo en la página su etérea estructura; y cómo dedica su esfuerzo a una actividad en la que desemboca todo el material de su vida y que abre una puerta a todos sus gustos, amores, odios y convicciones, de forma que lo escribe no es más que lo que anhelaba expresar. Es posible que haya disfrutado de muchas cosas en este gran campo de juego trágico que es el mundo, pero ¿qué le ha deparado una satisfacción más plena que una mañana de trabajo fructífero? Supongamos que la recompensa sea pequeña: lo asombroso es que reciba algún tipo de recompensa. Otros hombres pagan, y mucho, por placeres menos deseables".* 

*Robert Louis Stevenson en Carta a un joven caballero que se propone a seguir la carrera del arte, publicado en En defensa de los ociosos, rescatado por Taurus, como hizo antes Gadir, en 2014


4 comentarios :

  1. Tener una causa. Qué más se puede pedir que tener una causa.

    En 'El cisne negro', el autor, Nasim Taleb, habla de probabilidades y sucesos altamente improbables y toma como hilo conductor del ensayo el éxito literario de una curiosa y oscura escritora al margen de modas.

    Al final del libro, llega a una conclusión similar a la tuya: tener una causa, un propósito, un ideal altamente improbable, es lo que proporciona sentido a los días, a los instantes del escritor vocacional. Cada esfuerzo y afán tiene así sentido.

    En el fondo, en la vida hay que elegir entre dos territorios en los que habitar: mediocristán y extremistán. Creo que sin extremistán, la vida se vuelve más segura y nuestros afanes conducen a menos decepciones, pero el anhelo y la épica que pertenecen a las mejores vidas, desaparece.

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  2. Interesante aportación, Homo. Sobre todo el último párrafo, puesto que me reconozco en esa tendencia hacia el extremistán. En lo creativo, siempre he creído, más o menos ilusamente, en que los proyectos que comenzaba tendrían su cuota de impacto. No cambiar el mundo, ni el universo, pero algo. Lo mismo en las relaciones. Si no pensé, aunque fuera en una pequeña dosis, que tal mujer no iba a ser la mujer de mi vida, no duré ni un café.

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  3. Bello. :)

    (Te has adelantado a mi post llamado "El manifiesto Josef", que iba de algo parecido. Cómo son las mareas)

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  4. Me tienes que explicar lo del Earl Grey Tea, por favor.

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