El matrimonio: institución contra natura

Hablando con Jordi Gracia sobre su biografía sobre Ortega y Gasset, esa máquina de filosofar, ese intelectual "heroico", porque es la única manera de serlo, ese gréculo, antihombre, ser entregado al pensar más que al vivir, a una no vida. Un Ortega y Gasset que hoy es célebre y cuenta con importantes avenidas y hasta plazas en ciudades del extrarradio de Madrid como Coslada, pero que murió con la frustración de no haber mandado a la imprenta sus grandes obras. Enormes mamotretos en los que se recogiera lo más genuino de su pensamiento y cuya redacción fue posponiendo hasta que la muerte lo alcanzó con setenta y pocos.

Hablando con Jordi Gracia sobre Ortega y Gasset me interesan casi más sus asuntos de faldas que sus aportaciones al continuum filosófico que, por otra parte, él quiso revolucionar. He venido aquí a poner un antes y un después en la historia de la filosofía, pensó alguna vez. 

Pero tuvo amoríos, este filósofo de Madrid. Victoria Ocampo primero y luego una veinteañera que le hizo sufrir desasosiegos y vueltas en la cama varias. Pero solo, o con su Rosa Spottorno de siempre, porque estas tentaciones del espíritu y la carne nunca le fueron correspondidas. Y eso que Ortega, a pesar de gréculo, no era un tipo presuntamente coñazo como pudiera ser Unamuno, ni algo torpe con las mujeres como debió de ser Pío Baroja, sino que tenía charme el hombre. Su prepotencia y aires de superioridad respecto a la mujer, por quien nunca tuvo estima intelectual sino más bien lo contrario, puede que fueran los culpables de esos rechazos femeninos. 

"Tuvo algo de precursor", que diría de Andrés Hurtado el narrador de 'El árbol de la ciencia' barojiano cuando dijo lo de "el matrimonio es una institución contra natura". O quizá obsoleta. Difícil de entender en tiempos de multiplicidad de opciones y en que esa asociación de dos individualidades es más bien una rémora a los asuntos prácticos que al revés. Porque si en el pasado la familia era un bloque necesario para hacer frente a los embates de la existencia, hoy tiene algo de titánico sacar adelante a una prole. Y un compromiso con una serie de renuncias que cada vez cuesta más suscribir. Algo falla en esa institución quizá contra natura y mientras tanto los modelos alternativos no están claros ni resultan del todo convincentes.


Pareja en Biarritz, c. 1930, vía Retronaut


Al hilo de esto, pensaba en la Primera Guerra Mundial. Y en las familias como las de Franz Kafka, rígidas, aburridas, burguesas, rectas, donde está claro el sentido del deber y del vicio, y este último siempre se censura y hasta se castiga. Cualquier salida del guión y del como dios manda cuenta con reprobación moral severa, de ahí que uno se sienta un escarabajo, cucaracha o en lo que diantre se convierta el desdichado Gregor Samsa. Un aburrimiento cósmico-abúlico de dimensiones siderales que haya precipitado a toda una sociedad al caos entrópico de la guerra. La guerra como catarsis y vía de escape de un orden en el que ni siquiera los alemanes, notables instigadores de las matanzas del siglo XX, se encontraban a gusto. Y detrás de todo ello el matrimonio como institución alienante, moliciosa, succionadora de espíritus. Toda esa infelicidad o felicidad de andar por casa que un día hizo crack. ¿Si tan próspera, culta y contenta de haberse conocido era la sociedad de 1900 que describe Stefan Zweig en 'El mundo de ayer' cómo es que se fue al garete con tanta aparente facilidad?

La comodidad es peligrosa.

Subrayo al Stevenson de 'En defensa de los ociosos' cuando dice que "No hay deber que infravaloremos tanto como el de ser felices". Porque, dice, "siendo felices sembramos en el mundo beneficios anónimos que permanecen ignorados incluso por nosotros mismos y que, cuando se manifiestan no sorprenden a nadie tanto como al propio benefactor". Y cuenta luego cómo un señor dio unas monedas a un chaval solo por el aire de buen humor que desprendía al perseguir una canica, despreocupado y en harapos, por la calle. 

¿Cuánta energía negativa se ha cocido en esos hogares llenos de odio macerado durante años en el tibio caldo de la pusilanimidad? ¿Cuánta de esa energía negativa estará en el germen de energías posteriores no solo negativas sino destructivas? ¿Cuánta frustración personal sirve de lubricante a proyectos nacidos para separar y subyugar a las sociedades?

La idea de prohibir, por decreto ley, el matrimonio. Cuestión de seguridad nacional.

Comentarios

  1. El matrimonio es difícil. La alternativa obvia, el amor libre, es aún más inaceptable. Quizá la única salida sensata sea el engaño. Engañarnos todos para hacer creer a la otra persona que es la única.

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