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Ayer hice trampa y no escribí en el #macropost. Falta de tiempo. Diría que la vida se impuso, pero a mí estar delante de un ordenador escribiendo también me parece vivir. Otra forma de vivir, no peor. Lo decía el otro día el autor noruego Knausgard, ese que ha escrito seis tomos seis sobre su familia, su divorcio, el coñazo que puede resultar en ocasiones ser padre, y así. El "aquí y el ahora", estos conceptos algo manidos por los apologistas de la esotérica de periferia que, sin embargo, no dejan de tener vigencia. Escribir es ponernos en el aquí y ahora, aunque lo que se evoque sean acontecimientos del pasado. Al nombrarlos, les volvemos a poner cara y quizá los vivamos más intensamente, separados del ruido y la multiplicidad de estímulos con los que se vivieron en su día. Metidos en la vitrina de la memoria que permite verlos en su pureza, sin las interrupciones propias del presente, sin el dolor de cabeza de aquel día, sin el whatsApp impertinente de aquel segundo. 

Escribir para focalizar la atención en una sola cosa, quizá nuestra propia vida. ¿Contar es cerrar?, se preguntaba el otro día Fernando Marías al referirse a la historia de su madre a cuyos orígenes vuelve, por el camino literario. Contar es abrir, volver a experimentar, y quizá entonces cerrar como debe ser. Puede ser que eso es lo que haya hecho Knausgard en 'Mi lucha' y el resto de volúmenes. Nombrar la vida, vivirla en condiciones. Como cuando el guía espiritual va repasando en voz alta las distintas partes del cuerpo, dedo índice, dedo corazón, muñeca, brazo, antebrazo, hombro, cadera izquierda, muslo izquierdo, rodilla izquierda, pantorrilla, empeine, dedo pequeño, dedo gordo, etc. 

Ayer hice trampa, empezaba este texto, porque entre otras cosas fui a ver a Jordi Corominas en su quinto aniversario de Loopoesía, en su show de la Fnac. Lo pasamos bien en ese aquí y ahora poético y después, con las cañas escañolas en que desvirtualizamos a gente como Anna María Iglesia o Mario Colleoni. Hablamos de los temas habituales y nos reímos de esto y lo otro. La gente no conoce a Vila-Matas. A Marías como mucho por que sale en los suplementos dominicales. A Pérez-Reverte sí, vale, a ese sí. ¿Quién hablará de nosotros cuando hayamos muerto? Probablemente nadie. A nadie le importarán las madres sin hijos, las críticas ad hominem, las autopsias de las alabanzas de corte y menosprecio de aldea, es un decir, ni las obras a la intemperie cuando venzan las deudas bajo el cielo de Lima con luz novembrina del atardecer.

Pero en algún momento habremos conquistado lo mismo que Knausgard, lo cual no es triste consuelo tampoco. Sobre el teclado y quizá también fuera de él.

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