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A veces he detectado, en mi entorno cercano, el que he conocido siempre, una tendencia a la actitud por reacción. De la que yo, curiosamente, actúo de forma similar, reaccionando contrariamente ante esa reacción. Pero quizá de modo legítimo, porque esa reacción primera me parece que se aleja de cierta verdad y templanza que, opino, debe regir lo que pensamos, sentimos y hacemos. Pensar, por ejemplo, que toda la Iglesia es un nido de víboras, pederastas, obcecados obtusos y demás ralea solo porque durante el franquismo padecido ese haya sido el principal criterio construido, ya sea por unos representantes especialmente negados, ya sea porque el caldo de cultivo en general, una tierra especialmente gris y anuladora de las pasiones más básicas, que han terminado por alienar cualquier desarrollo en condiciones de la educación sentimental. Al final, se tiende a un discurso simplificador y cercenado por la inquina de años, que hace imposible cualquier debate, pues el juicio está necrosado desde el principio. 

Algo parecido he detectado en la relación con las malas noticias, asunto este creo que relacionado con una cierta pesadez cansina procedente de las generaciones anteriores, muy dadas a la queja insidiosa, al martirismo, al tono plañidero la mayoría de las veces injustificado. Botellas medio vacías por capricho. Ese hartazgo quizá haya provocado una reacción posterior, la de asimilar que cualquier mensaje que no sea un maravilloso jijijajá es motivo de censura y además debe ser ignorado con la peor y más lesiva de las armas de destrucción masiva: la indiferencia. 

Son habituales entonces los silenciamientos de los procesos internos que cursan con más o menos dolor y, como en aquel anuncio de remedios contra las hemorroides, una sociedad entera se acostumbra, resigna, o cree incluso que es lo normal, a vivir sus cuitas en silencio. Pero la energía, que no se destruye sino que se transforma, puede derivar en una serie de quistes de la incomunicación que al final afloran por donde buenamente pueden. Se tapa la herida con un tupido velo y se deja ahí a la buena de dios, hasta que los acontecimientos, que son más tozudos, acaban imponiendo su verdad y para entonces ya es tarde porque todo se gestionó mal desde el principio. Ese miedo a no molestar, a ser impertinente, a aguar la fiesta, siempre me irritó. Será que soy el raro. Porque luego uno es el raro y el sensible. Y qué extraño y en parte frustrante que lo que uno considera normal y en cierta manera ejemplar, el camino por el que deberían transcurrir las cosas, las relaciones, los afectos, aunque no siempre sea fácil o salga bien a la primera, sea tildado de raro.

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