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Hoy quería escribir sobre mayo y así lo haré. Mayo como culminación de una temporada que, como las buenas películas o libros, ha ido in crescendo hasta provocar un desenlace que se espera con ansia. Y eso que soy a priori contrario a los desenlaces tipo sardina a la foca, pero también la inminencia del fin ya es en sí un desenlace, al margen de la complicación de la trama. 

Mayo tiene esa cosa de tercer acto y de ir soltando lastres argumentales para ir de lleno a lo nuclear. Me genera algo de respeto esta época del año, mayo y junio, y quizá por eso lo de lo algunas depresiones en la población, porque es otro fin de año, quizá más fin que el verdadero fin del 31 de diciembre. Se dirimen las distintas apuestas y luego llena un verano que, como en los tiempos del colegio, se abre como un gran lago del perfil bajo en que los proyectos y retos quedan más o menos congelados, aparcados. Nos dedicamos a vivir, sin más, que no está mal tampoco.

Las elecciones, municipales, generales, europeas, suelen producirse en mayo. En junio, a lo sumo. Es tiempo de carteles colgando con eslóganes manidos, blandos, prescindibles, vacíos, ofensivos casi en la ingenuidad con que nos son presentados. Propaganda de los años ochenta que se resiste a un cambio radical; me gustó cuando Zapatero se sacó de la manga aquello de ZP, Zapatero Presidente, aun a sabiendas de que podría ser su mote y peaje durante la legislatura. Quizá nunca creyera que fuera a ganar. Nadie en realidad lo creíamos, ni esperábamos dos legislaturas, dos, pero a veces la dirección de los acontecimientos cambia en un segundo, como cambió aquel 11 de marzo a las siete de la mañana. Cambio trágico en la vida de casi doscientas personas, cambio posterior en el curso de la historia política española. 

Y el fútbol que llega también a su fase de desenlace, esta vez a un solo partido. Dos aspirantes enfrentados entre sí, noventa minutos para salir de dudas. Desprecio a quien desprecia el fútbol porque, más allá de las tácticas y el juego en sí, tiene un sinfín de analogías con la vida. La construcción paciente y constante de un objetivo que se puede echar a perder por uno de esos giros inesperados del destino. Una vaselina de Messi en el minuto 87 y todo el trabajo de un año al cajón de las derrotas. Levantarse, al día siguiente, y seguir. Querer seguir compitiendo, baila, baila, baila, como una manera, la más digna, quizá, de estar en el mundo. 

También era la época de las notas, las largas noches de junio hasta que los pájaros hacían su acto de presencia en los árboles del paseo, recordando que a pesar de la noche casi cerrada de las cinco de la mañana, otro día volvería a imponerse con terca naturalidad. Noches de cigarros mil y coca-cola y alguna pausa con el ProEvolution Soccer para asimilar las asignaturas más duras. Recuerdo un día volviendo a casa tras un examen, satisfecho tras la gesta de buen mal estudiante, y pensar en cómo la vida futura sería mucho más complicada que esa mecánica de ir a clase-presentarse a un examen.

A veces el año se convierte en una amalgama de acontecimientos desordenados. Pero hay algo en el calendario, en el orden de las estaciones, que nos salva de la entropía, aunque los proyectos surjan ahora en cualquier momento del año. Queda cierta cadencia, cierta estructura en tres actos, y yo al menos me siento cómodo en esa convención. El año como una pirotecnia valenciana que comienza en septiembre y culmina en junio, con la celebración de otro año cumplido, y luego un poco vuelta a empezar, pero desde otro ángulo de la espiral, digamos, de la existencia.

No deja, en cualquier caso, de resultar estimulante.

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