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Tengo una idea que quiere ser el núcleo de este post pero es quizá algo íntima así que antes voy a generar ruido, palabrería, a envolver ese licor en un chocolate excesivo y circundante, y mira que si hay algo que no me gusta en el mundo de los dulces y la comida en general son los bombones con alcohol. Me atrevo a afirmar, empero (y odio esa expresión, empero, que aprendí en una traducción rara de La metamorfosis de Kafka, cuando cursaba COU, año 96/97 del pasado siglo), que quizá ahora me gusten. Porque las pocas cosas que no me gustaban en mi juventud me han empezado a gustar. Las pasas. El melón. Las lentejas. La mermelada de naranja amarga. Incluso el anís. Supongo que si pruebo ahora uno de esos asquerosos y decepcionantes bombones con alcohol, me gustarán. Como me gusta, aunque sin excesos, el gin tonic: la edad adulta es saber disfrutar de lo amargo. Las chucherías nos cansan ya. 

Soltada toda esta palabrería podemos entrar poco a poco en el meollo de este texto, si bien esas ideas previas me pueden servir para hacerlo de un modo más fluido. Porque tiene que ver con la madurez, con dejar atrás una vida quizá edulcorada, con accesos a la ociosidad que predica Stevenson en su 'En defensa de los ociosos', porque esa ociosidad es la antesala de otros tiempos más productivos y seguramente más duros, para los que conviene pasar por esos cuarteles de invierno, expresión de tipo castrense que no sé qué significa exactamente pero que nos sirve. La madurez como fin de fiesta, chicos. Pero un fin de fiesta que no tiene por qué ser tormentoso, que nos genera miedo y excitación, thrilling, me gusta esa palabra, y nos devuelve a la vida. Nos lanza, definitivamente, tras años de preparación, titubeos, ensayos y errores, al ruedo. La idea de una vida que no brota realmente hasta que se alcanza la madurez. Lo de antes, ya digo, entrenamiento. 

Y abordamos este tercer párrafo para soltar ese mensaje algo íntimo que queremos, y perdón por el plural mayestático, porque la cosa tampoco es tan íntima pero a veces me puede mi lado navarro. Pensaba en mi padre hoy en la Casa de Campo, parque que no conocía, y que me ha dado un nuevo ángulo de Madrid. Pensaba en sus llegada a Londres con 17 años, en una situación complicada en la que solo tuvo dos opciones: hundirse o salir adelante. Optó por lo segundo. Conoció a mi madre, montaron, ya en Pamplona, una empresa con su firma, sus diseños, su creatividad que durante al menos dos décadas progresó adecuadamente. Llegaron a tener a más de veinte trabajadores en plantilla y podrían haberse consolidado en su sector si hubiera estado ubicada en una ciudad más grande y favorable.

Repaso mi infancia y primera juventud y me detengo en cómo nunca fui del todo consciente de que cada mes unas veinte familias dependían de la gestión empresarial de la mía propia. Noches de invierno y escarola en que yo me iba tan feliz a leer El pequeño Nicolás ajeno a la presión que pudieran sentir. Pienso que un niño debería colarse al menos un día, una vez en la vida, en la rutina profesional de sus padres. Como deberían hacer también a su vez los padres, y véase Caos calmo con Nanni Moretti en el parque anexo al colegio de su hija recién huérfana de madre.

Y así como hay gente que ha hecho o hace cosas grandes sin que sus padres lo hayan hecho, más allá de cumplir con honradez con los deberes y retos que le han salido al paso, que no es poco, pienso también que cuento con una ventaja de salida, al pensar en esa biografía corta, truncada, pero que dio tiempo para depositar en mí un legado: la de su pequeña gesta. La idea, en el fondo estimulante, thrilling, de no poder escapar de ese destino, porque uno lo lleva en la sangre, y que hay ponerse manos a la obra cuanto antes.

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