Hr

Después de sortear unas fresas que parecían sublimes mierdas de caballo de un país imaginario, cursi e idílico, en la plaza del Reina Sofía, quizá mi plaza favorita del mundo entero, se me ha acercado un chaval. Era guapete, estiloso, me ha preguntado con voz timorata si le podía hacer un favor. Enseguida he pensado en algún marrón urbano contemporáneo del tipo pedir algo: pasta, llamar por el móvil, cigarros, cosas. Pero no, me ha pedido ayuda. Que le comprara vino en el chino de al lado, lo que me ha hecho descifrar rápido la ecuación: menores de edad, sábado por la tarde, beber, no poder comprar alcohol, ayuda de un mayor. 

Me ha gustado el breve diálogo que hemos mantenido, seco, firme, pero sin displicencia, que se dice, por mi parte. Con cierta caballerosidad mutua. Él ha asumido la pequeña humillación, yo no me he regodeado en mi situación de superioridad. Nos hemos ceñido a las palabras mínimas para concluir aquella operación del modo más cómodo para todos. Vino. Cuál. Uno que pone Duque. Luego resulta que era Bodega del Duque, o Gran Duque, de tetra brik, y me he sentido algo extraño en esa misión clandestina e ilegal, seguro que está penado en Nebraska o Wisconsin, y quizá el chino me dijera algo, pero por suerte al chino se la pelaba el asunto, aunque puede que sospechara de mi complicidad en la trama. 

Confianza. El chaval ha confiado en mí al entregarme ese billete arrebujado de cinco euros. Ha confiado en mí, tanto él como sus amigos, en esa hora del alcohol adolescente del comienzo de la tarde, y me ha dejado hacer sin enviar a un vigilante para comprobar que yo no huía con la pasta. No me ha dicho cuánto costaba y se ha fiado de que le devolviera los dos euros sobrantes, cosa que he hecho, con la bolsa de la mercancía, y añadiendo algún chascarrillo que con mi rictus serio no se ha traducido en una sonrisa por su parte. No era fácil para él avenirse a esa pequeña rebaja de depender del mayor para su vicio. Ni arriesgarse a que el mayor, en este caso, yo, le afeara la conducta o incluso se chivara al chino de sus intenciones. El mayor. Le doblaría, yo, la edad.

La limpieza y caballerosidad del acto me ha dejado un extraño buen sabor de boca. El de haber prestado ayuda directa a un ciudadano en apuros. Una ayuda a alguien que la necesita para un fin que no puede lograr por otros medios. Puede esperar los años que le restan hasta alcanzar la mayoría de edad o buscarse un plan. Yo he contribuido al éxito de su plan y, por supuesto, no soy su padre, no era nadie, para decirle que se dedicara a actividades más saludables. Todo el capítulo me ha recordado las tretas que nos montábamos en tan complicada época para colarnos en los bares con una mayoría de edad que no teníamos: como fotocopiar el DNI con un 9 convertido en 6. Los de 1976 pueden pasar, los de 1979 no. Me vino muy bien en aquel verano de iniciación en la corrupción y la vida que vivimos, Javier Ancín y otros buenos amigos, 1994, Bournemouth, Reino Unido.

La ayuda, decíamos. Cuando das dinero a alguien que te pide o te suscribes a una oenegé en defensa de los canguros con alzheimer te planteas si esa ayuda era realmente necesaria. Si en realidad estás hundiendo más en el círculo vicioso al mendicante o si esa asociación pro-marsupial no te está engañando y es una máquina de blanquear dinero y conciencias bajo la que se esconde la industria de las minas antipersona. Favores sospechosos. Espurios.

Que un desconocido te pida un favor y hacérselo. El placer inmediatamente posterior y la sensación agridulce de que no suceda más, de que hubiera una pantalla invisible que nos aleja a unos y a otros.

Comentarios