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Tres serendipias en el día de ayer. Tres pensamientos que se replicaron en la presentación 'Brilla, mar del Edén', de Andrés Ibañez, en la librería Antonio Machado. 

El primer pensamiento tuvo lugar en el callejón del Gato, donde los espejos deformantes que le convierten a uno en Sancho o Quijote y no recuerdo ahora la asociación de ideas que me llevó a pensar en el posmodernismo como un movimiento desligado de su pasado reciente. Como un injerto tan radical y distinto a lo anterior que rompió del tal manera con el flujo habitual de la historia haciéndonos olvidar lo anterior. Como un Reset que nos hace nacer de cero, volviéndonos más tontos, ajenos al paciente legado de siglos. 
Lo dijo Andrés Ibañez, ayer, cuando recordó una estatua que hay en la Complutense donde se simboliza la herencia cultural del occidente a través de una antorcha que, como en las olimpiadas, se va pasando de mano en mano, Los portadores de la antorcha. Decía Ibañez que ha habido un momento, con la posmodernidad, que esa antorcha ha quedado en un limbo, sin dueño. Y luego habló de la generación actual de escritores. 


'Los portadores de la antorcha', Ciudad Universitaria, Madrid


El segundo pensamiento serendípico tuvo que ver con la charla que tuve con David C. Williams horas antes, con una copa de vino blanco, sobre el clásico tema de la necesidad de conflicto y violencia, dolor incluso, en el arte, en las novelas concretamente. Cosa de la que no estoy del todo de acuerdo, porque me gustan los diarios de Iñaki Uriarte, por ejemplo, y los cuadros de Henri Mattisse de la última etapa, de las jarrones y ventanas de Niza que dan al mar. La belleza por la belleza también es arte, aunque quizá si le añadimos el dolor la alquimia produzca resultados más persistentes. Capaces de operar cambios en el receptor. Arte transformador. 
Total que alguien comentó, con sorpresa, que uno de los primeros libros de Andrés Ibañez iba sobre unos personajes felices y que cómo podía ser eso, insólito y rarísimo. Pues sí, ahí está ese libro, La música del mundo, que logró el premio Ojo crítico y que tuvo buena acogida por la crítica.
En la última, hay accesos de dolor, sangre e incluso espanto, vísceras, creí entender. No tanto ese "extásis del horror", del que habló citando a su admirado Bolaño aunque no sintonizara con esa filia suya, pero sí cierta violencia. 
Quizá un arte sin violencia sea un arte burgués, el peor sentido de la palabra, entendiendo burgués por una actitud conservadora que niega e impide el cambio no solo social sino individual. Y ya dijo el propio Ibáñez, que es amigo de la mística y la espiritualidad, que si algo somos es movimiento, transformación constante. 

El tercer pensamiento serendípico tuvo que ver con una conversación que tuve con una amiga escritora vía Facebook en la que me confesaba que ahora era "feliz" y que le daba cierta pereza por no decir miedo bajar al averno. Comparamos las épocas de escribir como un descenso a la mina, algo que se necesita hacer pero que tiene elementos oscuros y de riesgo. En su caso, me dijo que de bajar a la mina iba a encontrarse con una serie de mierdas allí anidadas con las que tendría que lidiar y que eso le frenaba. Pero que por otra parte sentía que tarde o temprano tenía que bajar. Me gusta ese símil. Y la idea de disfrutar de las etapas en la superficie. 

Habló Ibáñez de la felicidad, y reconoció ser alguien tremendamente feliz, que se arrobaba con la sola visión de las hojas verdes y abundantes de los árboles que ve desde su ventana. Me gustó escuchar esa confesión transgresora, outsider y completamente antiposturística. Tanto, que entonces, y no por las autoloas, en clave irónica, que soltó del libro ("un libro único en España"), decidí comprar el libro, de más de más de 750 páginas, no especialmente barato, que me pilla en mi etapa de no lectura, y que se confiesa "de aventuras", y con novelas intercaladas a lo El curioso impertinente, pero bueno. 

Me pareció un libro situado en otra dimensión, destacado entre esa cierta publicación circundante trufada de vanidad. Las serendipias y su guiño espiritual me terminaron de convencer. Que no tuviera reparo, tampoco, en confesar su gusto por un autor a menudo denostado desde las atalayas culturetas más esnobs, como Haruki Murakami, del de Tokio Blues, y no ese otro Murakami como más prestigiado que hay por ahí, también me sedujo.

Tenía pendiente un encuentro con este autor. Desde que lo vi hace cosa de quince años en el programa de Dragó me pareció alguien fuera de lo normal. Quizá precisamente por la normalidad que emanaba y un amor por la vida que me pareció contagioso y bueno.  




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