8.5.14

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No recuerdo bien las palabras exactas, las que le dice el psicoanalista Giovanni Moretti a su paciente, en 'La habitación del hijo'. Pero le dice algo así como que aprenda a relajarse, que no se deje esclavizar por la autoexigencia, que no hace falta tener una rutina productiva siempre, que se atreva a saltársela. A dar vacaciones a ese jefe cabrón que vive dentro de él. Como pasa en la vida y en la psicología, decirlo es fácil, ponerlo en práctica es otra cosa. 

Claro que la palabra es una forma de acción, algo que se dice muchas veces puede acabar surtiendo efecto. Pensaba precisamente en esto hace días, en cómo la irrupción del correo electrónico, hace unos quince años, nos obligó a optar por dos fórmulas de despedida, ambas excesivas. La de "un saludo", excesivamente fría, casi ofensiva para las almas muy sensibles", y la de "un abrazo", excesivamente familiar y campechana. La de "un beso" añade un punto sensual y un toque íntimo que no convence siempre. Así que, con esos recursos limitados, lo único que podemos hacer es combinarlos para generar, por mezcla, una especie de palabra inexistente que condensa lo que queremos decir. En Navarra, donde el exceso de afectividad está castigado con penas incluso de cárcel y escucha de la discografía completa de Raimundo Lanas, considerado "el Elvis de la jota", se han inventado lo de "bss", que a mí me resulta algo triste y rácano. Dame un beso, coño.

La palabra como forma de acción, de política activa, estábamos. El "un abrazo" como fórmula de cortesía se ha ido imponiendo, lo cual se ha ido introduciendo en nuestras mentes, y se ha materializado más tarde en forma de, atención, abrazos reales. Hoy no es raro darse un abrazo. No solo de despedida, atención, sino de bienvenida. Nos damos abrazos como jamás hubiéramos imaginado en los años noventa, cuando nos sorprendían de la cantidad de abrazos que se daban en series como El príncipe de Bel-Air o Cosas de casa. "Dame un abrazo, grandullón". En mi Navarra natal, como apunté antes, a nadie se le pasaba por la cabeza hacer algo así, fuera al menos de los nueve días que dura el paréntesis sanferminero. Veinte años después la gente comienza a abrazarse, en el norte incluso. 

O sea, que las palabras no son solo palabras. Ni los tuits son solo tuits ni los estados movilizadores de Facebook lo son. De alguna manera entiendo que tienen que mover y mueven a la acción. "No hay que leer demasiados libros, sino hacer cosas", he leído antes a un científico importante. Suscribo.

Pero yo quería hablar de las palabras del psiconalista de la peli de Nanni Moretti y su consejo para ser un poco rebelde de uno mismo. Y de la propia sociedad, tan productiva ella, con sus balances, sus accionistas, sus objetivos, sus porcentajes. Que le jodan al porcentaje. 

Está siendo una semana laxa. De asimilar ciertos cambios que noto que operan en mí, y para los que se necesita tiempo y, sobre todo, calma, para que calen. Días de no leer. De no escribir más que estas líneas. De ver a gente. De dedicarles tiempo sin prisa. Como la charla de ayer con mi hermano en esa Londres alienada y vendida al vil metal. Londres como fosa común de las almas modernas. Londres como puta del mundo. El feísmo de Londres. El capitalismo de Londres. Una hora y diez minutos de charla por Skype que fue todo menos una pérdida de tiempo. 
No hice apenas nada más en todo el día. Bueno sí, escribí la primera página de un guión de cine. Luego me fui a ver una peli con un amigo. 

Volviendo a casa decidí que no haría más en lo que quedaba de semana. Ver películas, ver gente, anotar algunas ideas, hacer recados. Esa felicidad del hacer recados, con todo el día por delante y el sol de Madrid en la frente.

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