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Guillermo me ha dejado un comentario en la entrada He que voy a reciclar sin contemplaciones para el post de hoy. Dice así:

Siempre me han gustado los razonamientos que, de una manera sencilla, logran dividir la realidad en porciones manejables. Por eso me pareció interesante resumir aquí las cuatro grandes formas de estar en el tiempo. Lógicamente estoy simplificando una cuestión bastante más compleja, la de la importancia que en nuestra consciencia presente tiene la representación mental de nuestro pasado y nuestro futuro, pero creo que vale como aproximación.

La primera de ellas es la de los inmaduros (o los niños, pero en su caso es lo que toca): vivir únicamente en el presente, en la inmediatez sin experiencia y sin previsión de consecuencias. Esta es la forma de aquellos que son esclavos de sus deseos, de su incapacidad para posponer la gratificación o para manejar la frustración. Suelen ser personas impulsivas, erráticas, caprichosas, dramáticas, muy intensas en lo bueno y en lo malo. Y se suelen dar tantos golpes que, en la mayor parte de los casos, acaban aprendiendo de los mismos.

La segunda forma es la de los melancólicos: aquellos que con demasiada frecuencia echan la mirada atrás, lamentándose por aquello que quedó atrapado en el pasado sin posibilidad de vuelta, porque aquello que cambió, que nunca más tendrán. Es la forma de estar de los depresivos, de los nostálgicos, de los que no termina nunca de pasar página.

La tercera forma es la de los ansiosos, o podríamos decir también los obsesivos, los neuróticos, los hiper-maduros; en una palabra: los inseguros. Es aquella forma de estar en la que la mente continuamente quiere anticiparse a lo que va a venir, imaginando las múltiples posibilidades (en muchos casos amenazantes) de nuestro devenir por la vida.

Y por último está la forma que yo llamo "inmersión". Quizá sea ésta la más deseable: se trata de estar habitualmente sumergidos en ese paréntesis de tiempo del presente inmediato (entre el futuro próximo y el pasado reciente) que nos hace mantener una atención plena, un "carpe diem", aunque en ocasiones podemos emerger, sacar el periscopio y echar un vistazo a lo que remotamente dejamos atrás y a lo que se adivina allá en lontananza.

Curioso comprobar que todos, al menos yo y cuando digo yo digo todos, porque todos somos todos y yo somos todos, ya me entendéis, somos un poco los cuatro perfiles: niños, melancólicos, inseguros y, esto quizá no todos, potenciales seres de plena consciencia.

Ponía David C. Williams el otro día unas reflexiones de Ayrton Senna, ese piloto de Fórmula 1 de cuya muerte no me extrañé, sabía que estaba escrito en el guión y esto es un meandro que no viene al caso pero que me apetecía apuntar. Decía Ayrton esto:

Suddenly I was nearly two seconds faster than anyone else, including my teammate with the same car. And suddenly I realized that I was no longer driving the car consciously. I was driving it by a kind of instinct, only I was in a different dimension. It was like I was in a tunnel.

Proliferan ahora los cursos sobre como conseguir eso, la mindfullness. Parecerá una idea moderna, una moda neoyorquina, pero lo cierto es que tiene tanta antigüedad como el yoga, cuyas primeras pruebas datan del siglo VIII a.C y del que hay quien dice que tiene unos 20.000 años. No deja de ser, en cualquier caso, un objetivo interesante que perseguir. El túnel de Ayrton.

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