Cuando llego a mi piso de soltero salen unos seres vivos a recibirme. Bueno, en realidad huyen, despavoridas, de mí. Son una especie de antimascotas, mis cucarachas rubias. Me siento el padre aguafiestas y autoritario que sorprende en la juerga de los adolescentes puestos hasta el culo de todo y parejas follando en cuartos ajenos que saltan por las ventanas antes de enfrentarse al poder. Me fascina esa capacidad para conocer el peligro, para detectar que mi presencia no es amiga, porque últimamente me las cargo sin contemplaciones, cargando con el mal karma que eso produce; hace poco entró un polillón enorme y en lugar de matarlo o invitarlo a salir lo dejé formar parte de la estancia, ser uno más. Como compensación a mis razzias, y porque también pensé que a lo mejor se comía a alguna que otra.

Ayer cogí la tabla de cortar y descubrí a una, cabrona ella, metida entre los pliegues de la madera. La animé a salir con un cuchillo japonés nada amistoso e imprimió una velocidad a sus ¿ocho? patitas que me dejó impresionado. La Usain Bolt de las cucarachas, sin duda, me dio pena matarla, quizá acabé con un portento de las competiciones bichescas. Montar un circo de cucarachas, quizá no sea mala manera de ganarse la vida, mejor que la de periodista seguro. Seleccionar entre las más rápidas de los cinco continentes, realizando para ello una aguda labor como ojeador internacional, asistiendo a las liguillas regionales, porque poco a poco habría campeonatos a escala local, los cinco metros lisos, y así. Se entrenarían en pisos de soltero como el mío, en cocinas en donde campan a sus anchas y encuentran algún comistrajo olvidado aquí, unos restos de noodles por allá, granitos de azúcar acullá. El contraste entre su despreocupada manduca y el nervio de que viene el jefe, el padre, el boss, dispuesto a matarnos directamente generaría en ellas una velocidad y un reprisse fenomenal para la alta competición. Porque más que circo sería una gran competición, una suerte de JJOO de los insectos parasitarios.

Contaría con varios patrocinadores, paradójicamente los encargados de la erradicación de estos seres, Cucal, Cruz Verde, etc, en un sinsentido publicitario que algún columnista sesudo y calvo sabría explicarnos a todos.

Habría, por supuesto, un gran mercado de fichajes (de verano e invierno) y las cucarachas más atléticas y mejor preparadas tendrían cláusulas de rescisión, preparadores personales, managers y toda la pesca. Clubs de fans, también, y su colección de cromos de Panini con fotos retocadas con Photoshop para hacerlo todo un poco más amable. 

Todo esto sería posible en un futuro no muy lejano, pienso, cuando veo salir como alma que lleva el diablo a uno de esos bichitos en cuanto me adivinan las intenciones. ¿Cómo han desarrollado ese instinto para huir? No han desarrollado nada, simplemente viven, sobreviven, porque nacieron sabiendo correr. Darwin. Las que no sabían, se extinguieron. Así de decepcionante, entre comillas, es la teoría de la evolución. Porque por otro lado es fascinante. Nos recuerda que las evidencias son la mayor trampa: el pájaro carpintero jamás desarrolló ningún pico más fuerte que el de su pájaro rival para comer más hormigas. Tuvo la suerte de nacer con él y ponerse un día a usarlo. El experimento funcionó. 

La vida nos plantea la evidencia de que moriremos y se acabó todo. Cuando veo a esas cucarachas con esas actitudes tan asombrosas, producto de una mutación azarosa que les permitió vivir unos milenios más, me convenzo de los riesgos de movernos con ciertas lógicas a priori aplastantes. Es precisamente un científico el que me hace dudar de todo, el que me da una humildad intelectual tal como para creer en lo increíble.

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