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Creo que acabo de pasar el ecuador de esta serie, la octava, del macropost y noto leves síntomas de fatiga. Me pregunto por qué me impongo estos retos, precisamente en un tiempo en que quería descansar el hemisferio izquierdo, alejarme de las palabras. ¿Para no perder forma? Para seguir alimentando esa vocación que quedamos, léase La trabajadora, de Elvira Navarro, que es un firme asidero. ¿Lo es? Discutimos en Facebook, Recaredo Veredas, Soto Ivars, Nere Basabe, Javi Gutiérrez, por el hecho de escribir, ese empecinamiento nuestro en una actividad que, si la desglosas por euros y hora trabajada sale un resultado que ni en las economías más paupérrimas del África negra. Vanidad, es la palabra más empleada en los argumentos. ¿Todo se reduce a eso? No lo sé. Sentirse especial, quizá. Cultivar esa especialidad. Cultivarse. Convertirse en una catedral. ¿Es eso vanidad, querer ser un ser mejor? ¿Somos realmente mejores por construir obras que, en el mejor de los casos, sean bellas? No tengo ni idea de nada. Si alguien me preguntara ahora el clásico por qué escribes, le diría que no tengo ni puta idea y que, además, me estoy quitando. La idea de no haber sido sino un ejemplo descomunal de contumacia.

Llevo dos semanas sin agarrar un libro. No me siento peor. Masajear la mente. Veo películas. Hoy alquilé dos de Nanni Moretti. Quiero ver todo el cine italiano importante. Leo un libro de la universidad sobre historia del cine. Fellini, Rosselini, De Sica, Visconti, Antonioni. Cuanto por ver, todavía. ¿Por qué no sale Pasolini? ¿Por homosexual? ¿Por comunista? No me extrañaría, porque su ausencia es muy llamativa y en la universidad en la que estudié ciertos perfiles no eran gratos. Curioso, que tanto el Opus Dei como el comunismo compartan ese rechazo al gay. Porque a Pasolini, leo en Wikipedia, lo expulsaron del partido comunista por homosexual. Esta práctica, habitual en la casa comunista, parecen haberla olvidado hoy muchos amigos de la hoz y el martillo. Mientras, en Rusia, la homofobia está a la orden del día, como un rescoldo quizá del viejo sistema totalitario.

Ver películas. De pronto, al coger esos libros de la carrera que estudié, Comunicación Audiovisual, juego con la idea de no solo verlas sino de hacerlas. Escribir es la actividad más demencial, dijo Salinger, que un aspecto muy cuerdo no tenía. Dando por hecho que esa vocación sea un asidero firme y aconsejable, ¿uno está abocado a ella? ¿Hay que serle fiel como lo es el sacerdote con su Dios padre y señor de todas las cosas?

Me tienta la idea de hacerlo. De irme con otra. De cambiar de aires, no sea que fuera cierto lo de mi contumacia. Salir de la propia inercia y ver la ciudad en la que vives desde la maqueta. Verme un tiempo desde Google Earth. Siempre he defendido que leer te hace más feliz. En estos días de crisis, en el sentido griego de "poner en tela de juicio", también lo pongo en duda.

Curioso, a estas alturas, de no ser capaz de poner la mano en el fuego por nada. ¿La madurez era esto?

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