Hm

Escribir prolonga tu vida. Tal cual. Posteridad extraña esa de influir en la gente que te sobrevivirá. Y no solo en sus mentes, sino en sus acciones. Si este domingo fui hasta San Lorenzo de El Escorial, fue por haber leído la noche anterior unos comentarios de Josep Pla al respecto en su dietario de Madrid de 1921. Se extrañaba de que toda la grandeza del imperio de Felipe II y compañía no tuviera más presencia monumental. Como si más allá de los libros de historia fuera difícil rastrear las glorias de aquel imperio castellano donde no se ponía el sol. Es un lugar querido, una especie de lugar en-el-que-has-sido-feliz-al-que-no-debieras-tratar-de-volver, que canta Sabina, al quien he optado por no hacer caso.

Nada más llegar, después de unas peripecias absurdas en varios medios de transporte, sí que he notado el efecto de la frase, y la he asociado a unas palabras de Manuel Vicent, sobre su Tranvía a la Malvarrosa reeditado: "La melancolía es una fuente literaria, la quintaesencia de la inspiración". No diría yo que estuviera hoy melancólico, ni que el volver a ese lugar me pusiera triste, más bien al contrario. Nostalgia, que es la pena de quien ha vivido. Y en esa ciudad, o pueblo, localidad, viví, bebí, trabajé, durante tres veranos, como periodista escurridizo y pantemático. Al llegar a la sede del Eurofórum Felipe II, la más alta, pensé en los personajes que había entrevistado solo en ese edificio, uno de los tres en que se celebran los cursos de verano. Me vinieron a la cabeza Diego Carcedo, Carlos Castilla del Pino, Félix Grande, Ana María Matute, con su ginebra con naranja. También muchos políticos, en entrevistas en grupo o canutazos en las que me sorprendió comprobar la timoretez reinante y cómo, a pesar de sentirme menos periodista que la mayoría de los periodistas, me vi más veces de las deseadas rompiendo el hielo preguntador ante tanta desidia o miedo. Ministros socialistas, como Juan Fernando López Aguilar y un día la presidenta, entonces, de la Comunidad de Madrid, una pizpireta y saltarina Esperanza Aguirre que, al colocarse para responder a las preguntas, entre una pequeña muchedumbre de micrófonos, roza con su mano mi zona más sensible. Por descuido claro. Nunca estuve más cerca del poder.



Me cuesta dar con esa sede del Felipe II y antes doy un merodeo amplio por el monte Abantos, con mi pinta de excursionista marciano con blazer y mucho periódico en ristre. Ando y ando y me adentro en el bosque y noto unos ruidos estomacales similares a los que hace la joroba del dromedario, que los sentí, febrero de 2001, en la puerta del desierto, Túnez. La salsa de pimienta de los escalopines del menú de la calle Floridablanca está haciendo de las suyas y aquello hay que resolverlo cuanto antes. Veo una pareja tumbaba que se plantea si soy un asesino de la baraja capaz de degollarlos a sangre fría y pienso en pedirles unos kleenex sin especificar su ulterior uso. Reparo en que llevo el material que durante décadas ha usado la España media sin queja alguna: el papel de periódico. Sigo el curso del arroyuelo y cuando creo haber encontrado la discreción necesaria me dispongo a la faena. A la mierda mi porte de turista antiguo, de von Humboldt de las Castillas, lo orgánico nos iguala. Encuentro más agradable de lo que pensaba el contacto con mis zonas traseras con las páginas salmón, las sacrificadas, y todo resulta mucho menos aparatoso de lo que pensaba. E higiénico, gracias al pequeño río que me asiste. Me siento reconfortado mientras observo cómo una avanzadilla de moscas acuden raudas a continuar con la cadena alimenticia. Me siento parte de la naturaleza, un extraño eslabón en el que todo está relacionado y, pese a lo escatológico de la escena, siento una poderosa humildad que considero positiva.

Ligero de nuevo, continúo por un camino que de pronto se convierte en calle, como reza una placa, calle de la Teja Nueva, o algo así, y me sorprende llegar al punto de origen. Una silla abandonada junto a un contenedor y, a mis espaldas, la casa entre alpina y siniestra que he fotografiado apenas un rato antes.





De vuelta hacia el pueblo, hago fotos en una casa que me resulta pintoresca, colombiana. Recuerdo a un fotógrafo habitual de esos veranos haciendo una foto en el mismo lugar, y hablar mal después del lugar: "Demasiado burgués". Recuerdo pensar que precisamente esa elegancia burguesa, aparisinada, era lo que más me gustaba del pueblo, de San Lorenzo de El Escorial.



Doy con el Peque, nuestro antro de perdición, pipas, futbolines, minis, antesala de otro antro de más perdición aún, el Move It, rebautizado más tarde como el Circus. Curioso ver todo a la luz de la tarde, y beber en una fuente en cuya agua se filtra el sol en la que no había reparado en aquellos tres veranos. Imágenes de noches peligrosas, el número de una habitación susurrado al oído. Resacas. Demasiadas. Me alegro de no ser joven ya, de ir dejando de serlo. De colgar las botas de la juventud. De poder ir con blazer por Lavapiés y que te la pele pasar por un señorito. Me gusta que el camarero me pida permiso para limpiar la mesa. Me gusta este tren vital en el que estoy entrando, porque quizá es el que más me pertenezca, en el que más cómodo me siento.

Escribo a un colega para tomar un café pero no puede. Podría haberle avisado antes, pero huyo de cualquier planificación. Planificar mata el azar. Me gusta mecerme en el azar, y que este produzca las conexiones necesarias. Acabo en el mítico café Croché, que a pesar de su aspecto modernista celebra 'solo' sus treinta años. Tomo un café bombón en la terraza con un sol maravilloso que me hace pensar en Roma y leo la prensa con delectación de yonki cultural. Pienso en la soledad, a menudo necesaria, y en cómo hay cosas que, cada vez más, nadie se ofenda, prefiero hacer solo. Ir al cine, ver una exposición. Y, en ocasiones, viajar. Porque la compañía te saca del lugar y la soledad te pega al lugar. En este caso, me apetecía pegarme a ese lugar que ocupó una parte reseñable de mi biografía reciente.

Pasaron tantas cosas en aquellos veranos que se me hacía difícil tener un recuerdo preciso de ellos. Ni siquiera escribir. La idea de que un escritor dosifique sus vivencias para que los recuerdos no se mezclen entre sí hasta quedar irreconocibles. Quizá la distancia los vaya desmadejando y con el tiempo aparezcan ordenados y nítidos en mi cabeza. La posibilidad de que eso sucediera me iba reconfortando mientras volvía a la estación, Hemingway escribió París era una fiesta poco antes de morir, cuarenta años después de esa época intensa de entreguerras. Proyectos literarios al margen, me ha seducido la idea de poder masticar todas esas vivencias en el futuro. Como una despensa de vida a la que recurrir si fuera necesario. 

Claro que puede uno pensar que también fuera necesario, por la razón que fuera, ir hoy a ese lugar. Una despedida, quizá, de la juventud.

Comentarios

  1. Salvo el pasaje periodístico-verdad del apretón, que ha sido como el de los reporteros de tele metidos en el río hasta la cintura para informarnos de que cuanto llueve todo se llena de agua, todo lo demás exquisito.

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  2. Gracias, compañero. Curiosamente, ha pasado muy inadvertido en Facebook. No sé si va raro el cacharro de Zuckerberg, pero igual mejor así, jajaj

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