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Recuerdo un primero de mayo de 1990. En Londres. Aprendí que para ellos era una fiesta, más allá de reivindicaciones laborales, la fiesta de la primevera. Por fin unos rayos de sol que se cuelan en ese terreno tan húmedo que no hay crianza de vino posible. Creo que nunca viviría en un lugar donde no se puede cultivar vino.

Recuerdo otro primero de mayo, en otro contexto totalmente distinto, diecinueve años después. El muro había caído en Berlín, pero en La Habana aún Fidel Castro se mesaba la barba y escribía artículos diarios para el Granma, muy probablemente redactados o inspirados por él mismo, que yo leía en la plaza Vieja, tomando mi cerveza favorita, a la manera austríaca, Bucanero, mucho más intensa y nutritiva que la ligera Cristal.

Se cumplían cincuenta años de la revolución impulsada por esos tipos en su día aguerridos y, degeneraciones políticas al margen, ejemplo de heroicidad como de manual. Montarse en un barco (el mítico Granma, de resonancias yankis, paradójicamente, cuyo nombre sirvió luego para bautizar al periódico, cuatro hojillas, oficial del régimen), embocarse en la sierra y aguantar durante unos dos años. Ganarse a la gente, derrotar al tirano. Se cumplían cincuenta años de la revolución socialista y yo estaba ahí, en ese día como de paroxismos proletarios: 1 de mayo de 2009. Los días antes, los Comités de Defensa de la Revolución, los cedeérres, habían ido casa por casa apuntando en una lista los miembros que acudirían a apoyar en tan señalada fecha esa fiesta de la democracia, digo, del comunismo tropical.


La Habana, 2009


Me levanté pronto, porque La Habana amanece con energía muy de par de mañana, y me metí un buen desayuno con los manjares autóctonos: papaya, pan con queso y membrillo de guayaba, piña, café, huevos revueltos. No tardé en sumarse a la masa que acudía en alegra desorden hasta el punto de encuentro de aquella fundamental convocatoria del castrismo, a las faldas de la estatua, de norcoreano estilo, del 'apóstol' Martí.

A los lados, decenas de autobuses que habían portado a cientos de trabajadores jóvenes y megafonías donde se jaleaban los logros corporativos de las distintas industrias, como detallo más a fondo por cierto en el librito que publiqué sobre aquellas andanzas. Aquel entusiasmo obligatorio de pronto se convirtió en un entusiasmo que parecía real. De hecho, me pareció real, y es cierto que era real, porque las gentes allí congregadas me dieron banderitas y me dedicaban sonrisas, como haciéndome partícipes de lo maravilloso que era ser cubano en el siglo XXI, tener un líder que guiara por sus designios, una casa y un trabajo. Pensé que eran unos ignorantes. Unos borregos que creían ser libres. Me dieron pena.

Al volver a casa, saqué unas fotos a unos chicos jugando al balón frente a mi casa. Cayó una tormenta impresionante. Me parecieron entonces felices, me dieron envidia. Esa foto la puse luego en la portada de habana 2009. Sentí cómo yo también les daba envidia, con mi cámara digital de varios millones de píxeles, con mis pintas de europeo blanco. Fueron varios los que me confesaron, con descarnada natural, que sentían envidia de nosotros.



Me despedí de ese territorio paradisíaco un poco confundido. Aunque sintiendo una pena por esa gente que se me antojaba cautiva en realidad que me pareció muy nítida, porque la sentía en la zona de los sentimientos. "No hay nada más objetivo que la subjetividad", dijo González Ruano. Llegué a España y pasaron otros primeros de mayo, otras fiestas del trabajador, y el sentimiento agridulce, más agri que dulce persistió. Pero no por esos buenos cubanos atascados en un régimen gobernado por dinosaurios, sino por ese trabajador medio, español él, que pide y reclama mejoras laborales, sindicales, conquistas varias.

Como si fuera en realidad otro tipo de preso de un sistema maniqueo y alienante. Como si hubieran olvidado todo hervor revolucionario y se conformaran con mejorar su pequeña parcela de lo que consideran una preciada libertad: la del canario a la que instalan en una jaula más grande y compran un alpiste de mejor calidad.

Me sale una renuencia a simpatizar con la fiesta del trabajador. Como si en realidad esos trabajadores fueran silentes cómplices de toda esta podredumbre que tenemos por sistema. Trabajadores que se dejan la piel por empresas de todos los tamaños, a veces multinacionales, a veces, por no decir siempre, regidas por un único objetivo: tener más beneficios que el año anterior. Satisfacer así el hambre insaciable del accionista, otro de los cómplices de este Fuenteovejuna capitalista que construimos entre todos.

La idea de escapar de ese círculo vicioso. La idea, verdaderamente revolucionaria, de perseguir otros derechos, mucho más ambiciosos que tal mejora salarial o reducción de jornada. El derecho a hacer lo que te dé la gana, verdadera conquista de la libertad y camino de perfección. Por encima de convenios colectivos y pactos con la patronal. Juventud rebelde, se llama uno de los dos periódicos cubanos. La idea de que exigiendo más estado del bienestar solo estamos alimentando al monstruo, mientras nuestra dictadura occidental (bancos y multinacionales) se frota las manos.








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