3.5.14

Hl

Recuerdo un verano, el de 1995. Recuerdo mirarme en el espejo y decirme "tienes dieciséis años" y hacerme un autorretrato bastante aceptable. Recuerdo dos discos, uno de Gary Moore y otro de Bob Dylan. Los compré en Sanfermines, en versión casette, y luego mi hermano mayor me trajo de Londres exactamente esos dos mismos álbumes, esta vez en versión cedé. Una de esas casualidades que quizá no signifiquen nada pero que hacen creer al menos en la posibilidad de que te toque una quiniela: entre los miles de discos editados entonces tuvo que regalarme justo los dos que había comprado antes. Y no fue un fastidio, al revés, porque el cedé es un grado de prestigio al que me apetecía aupar a esos dos músicos. 

El final de agosto siempre me pareció un canto del cisne del verano. Como una plataforma hacia el verano siguiente, porque se acababa ese pero nadie nos negaba el acceso a los siguientes. Habrá más veranos. Puede que ese tipo de ideas masticara en ese final de verano del 95, principio de otras cosas, cuando me daban las mil de la madrugada con tres botes de acuarela líquidas, las hojas resistentes al agua, los pitillos ya fieles compañeros y la ventana abierta con el silencio de Pamplona. La casa era grande, tanto como para apagar el cigarrillo y ventilar en el caso de notar señales de presencia paterna, aunque puede que por entonces ya supieran que fumaba. El Zippo plateado, brillante que no mate, que se me cayó del pantalón y mi madre recogió no sin cierto disgusto en su expresión. La mía no pudo negar lo evidente: "Sí, es lo que parece". 

Hay un poema de Gil de Biedma que me gusta mucho sobre las noches de junio. No me voy a levantar ahora, que diría aquel, pero esas noches de final de agosto también tenían lo suyo. No sé por qué no seguí pintando, llenando páginas con unos colores que a mi efímero profesor, un pintor de la calle Abejeras, le sorprendieron para bien. Quizá porque me parecía algo obsceno dedicar horas a hacer dibujitos mientras el mundo se devoraba a sí mismo, que es un poco cierta sensación que me da el mundo cuando lo veo desde fuera. Saturno devorando a sus hijos. 

Hay un relato de Chéjov en esa antología color helado de vainilla de Pre-Textos, Cuentos, en que un pintor debate acaloradamente con una suerte de perroflauta solidaria oenegera del XIX. Ella le reprocha que cómo puede entregar todas sus fuerzas a esos paisajes insulsos mientras hay hambre, miserias y enfermedades en el mundo. Él venía a argumentarle que tan importante como ayudar a paliar el hambre, o más, era transmitir al mundo una idea de belleza, abrir el acceso a un mundo más complejo en el que había más que lucha por la vida. Creo que esta era la idea principal, o al menos la que yo me hice. Lo buscaré. 




Con el tiempo he descubierto que hay que hacer lo que uno crea que debe hacer, sin reparar demasiado en si en Ucrania se están matando a tiros mientras compone sus odas a la cucaracha de debajo del lavabo. El polémico pero estimulante Sánchez Dragó, en cuanto ser que trata de estar por encima de corrientes de opinión mayoritarias y a veces hasta intimidatorias, decía algo en El sendero de la mano izquierda sobre el no tener la culpa de las injusticias del mundo. Que uno tiene que mortificarse por las epidemias de Sudán. Ni las ha provocado ni son su responsabilidad. 
Me gustan los personajes que rehuyen la etiqueta fácil. Siempre me cayó simpático Álvaro Pombo, locoide, del que leo el jueves una entrevista en que reconoce su cristianismo y hasta su papismo, algo que podría parecer irreconciliable pero no. La coherencia es un imposible. Me aburren los coherentes. 

Había una paz extraña en esas noches de primera juventud. Escuchaba canciones como Series of Dreams, del mismo modo que la escucho ahora; canciones que no se gastan, a prueba de obsolescencias programadas. Esta noche de sábado me quedo en casa. Cito, como se cita a un toro manso, a esa paz adolescente y no tarda en venir. Quizá busque el relato de Chéjov. Quizá saque la caja de lápices y un cuaderno y manche unas cuantas páginas. El mundo no será peor ni mejor porque lo haga. Ma liberté, longtemps je t'ai gardée, comme une perle rare.

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