Hj

El cabreo es un arma de doble filo. Por un lado te hace discriminar de una manera que a la larga puede ser práctica, más eficiente en la vida que otras actitudes más melifluas, zapateriles. Por otro lado, sus consecuencias, sobre todo si son en caliente, pueden ser desastrosas. Pero hay algo de liberador en liberarse, en un ser un poco borde. En decirle al tío del kebap que tres euros por un tercio de cerveza sin alcohol te parece caro, para su sorpresa e incluso ofensa. Hay que ejercer de vez en cuando el cabreo, poner una queja, soltar un exabrupto, denunciar esa pequeña injusticia. Los apologistas del zen y del autocontrol te dirán que con esa actitud estás dando marcha atrás en la construcción de ese personaje ponderado que no se inmuta por nada. Pero seguramente en otro de sus consejos te invitarán a que salgas de tu zona de confort y trabajes tu asertividad. A que no te dejes aplastar por esas pequeñas derrotas del día a día, insidiosos goles de futbolín que te cuelan un día la compañía telefónica, comunicaciones a medias, obligaciones con esas empresas, culturales algunas, que por aquello de que pertenecen a la farándula o vete tú a saber no cumplen con las decencias mínimas. Te dirán que no te dejes llevar por la impulsividad y que gestiones sin pasiones esos pequeños conflictos. 

Pues a veces no te da la gana. A veces te apetece hacer ciertas cosas en caliente, como escribir este post, aprovechando el mal cuerpo que te ha generado tal compañía telefónica (Orange), que te ha tenido secuestrado media hora, una de esas pejigueras que se suma a otras tantas y que al final generan un montañita de mierda considerable sobre la que más tarde llega un cretino a plantar después su bolita de excreciencia definitiva. Buen momento para emular a Fernán Gómez y mandarlo a la mierda sin más contemplaciones. 

Pensé que había dominado ese animal que llevo dentro, que canta Battiato, pero a veces asoma la patita, como una especie de blue bird pero asilvestrado, nada poético, depredador. Por un lado me preocupa no seguir las sendas de la relajación patanjálica pero por otro parte me demuestra que no tengo horchata en las venas y que, oh, estoy vivo. Ese crash que todos necesitamos, como se postula en la película homónima, para salir de cierta rutina un tanto fantasmal. ¿Lo necesitamos realmente? A veces puede resultar inevitable, como un escrache en casa del político gordinflón que se frota las manos tras el enésimo abuso. ¿Es deseable? No. Quizá sea, simplemente, inevitable. Como gritar cuando te pegan.

Hay algo atractivo en el Michael Douglas de Un día de furia. Durante años me identifiqué no poco con ese tipo que hasta los cojones de todo decide tomarse la justicia por su mano. Con el tiempo, descubrí que ese maximalismo iracundo te lleva a peligrosos callejones sin salida y fui abonando el terreno hacia una desintegración de las pulsiones y pasiones que me llevara poco menos que a la ataraxia. 

Me alegro, pienso ahora, del cabreo reciente que me ha provocado esa desesperante media hora al teléfono. Me alegro de que me indignen todavía ciertos desencuentros cotidianos. Que me hierva la sangre un poco. Siempre que no llegue la sangre al río, tienen algo de boost, de empujón necesario en the long and winding road que, bien administrado y sin salirnos de ciertos cauces zen que vamos construyendo, nos ayuden a escalar posiciones en esta jodida selva de hermosos atardeceres.

Comentarios

Entradas populares