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Alta definición. Alta fidelidad. Relaciones Hi-Fi. Personas que llevan tatuadas esas cuatro letras, como un aval de que no pondrán los cuernos a su nueva pareja a las primeras de cambio. Ni nunca. Fidelidad a uno mismo, compromiso con el ego, el alter ego y el super ego. La idea de una relación de pareja que nunca fallaría. No encontrar en el baño más pelos que los míos, solo yo controlo, solo yo determino, mis hábitos de higiene, que cantaba Ismael Serrano en Canción de amor propio. Para que se produzca el abrazo, tiene que haber dos personas, decía el independentista catalán. La idea de desdoblar tu personalidad, en un rizar el rizo del egocentrismo, para poder besarte. Quizá la esquizofrenia, la personalidad múltiple, venga de ahí. O como compañía: "Oigo voces para estar menos solo, ¿es grave doctor?".

El amor. Dice el profesor de yoga que hay que poner todo en tela de juicio. Que yoga en sánscrito significa unión. Que hay que abandonar aquello que nos aleje de esa unión, de ese amor, dice. Ojito con las interpretaciones alpiedelaletrescas de ciertas reflexiones. Los libros de autoayuda, mal enfocados, pueden hacer mucho daño. Estoy seguro de que hay miles de historias funestas tras la lectura excitada de un 'Hazte empresario en tres pasos' o 'Trabaja sin jefe y sé feliz': funcionarios que arruinan su estable carrera pública y empleados que dejan a sus familias sin el pan de sus bocas tras la lectura en mala hora del desgraciado texto.

El amor también está en las cosas. El domingo vi Antes del anochecer. Ethan Hawke con 41 años mal llevados haciendo de personaje de 41 años. Joder, espero no estar ahí dentro de seis años. Hay rostros que envejecen mal, los que en la juventud tocaron el techo de su belleza, porque en esa belleza se concentraba el presagio del canto del cisne por venir. Lo efímero de las cosas, que las vuelve, como sabemos, más poderosa y cruelmente atractivas. En su caso, se trata más bien de uno de esos rostros aniñados que triunfan en películas taquilleras y blandas de Hollywood, que difícilmente encajarían, yo que sé, en una peli de Bergman. Son esos capitanes del equipo de fútbol y citas con las rubias de clase para el baile de fin de curso y la foto del anuario que diez años después amanecen gordos y acomodados en su molicie de supermercado de sábado por la mañana y Formula 1 al día después. Sus pretendientes, ingenuas, cayeron en sus encantos sin saber que estos eran pasajeros y lo mejor que verían de sus futuros maridos, y se dejaron preñar y con ello comprar su libertad, su felicidad. Que se jodan.

Me dio un algo de pereza esa historia. No tanto la película, que un poco también, sino la lucidez con que transmitía el mensaje: el amor como guerra. El amor, la pareja, como fuente sisifiana de problemas en los que ¿merece la pena embarcarse? El amor como acceso directo a la farmacia, a los somníferos, quizá a los antidepresivos, a la neurosis como animal de compañía. Claro que la solterez perpetuada no suele provocar estadios anímicos más halagüeños. La idea de que la pareja muera. Como concepto. Que se generen otros nuevos. No sé me ocurre ninguno ahora. Y me da que va a ser como aquella frase de Woody Allen, al principio de Annie Hall: "La vida es horrible, angustiosa, insufrible... pero se acaba demasiado pronto".

El amor está en las cosas, dije hace un par de párrafos. Porque más que las charlas pretendidamente bergmanguianas (Escenas de un matrimonio, de 1974, no dejes de verla pinchando este enlace) me interesaron ciertos detalles, bien traídos, del director, como los dos vasos de vino ahora absurdos tras la huida de la chica, o la bolsa de té abandonada a su suerte.

Quizá tenga algo que ver, por cerrar de manera algo forzada este texto, con la unión, ese impregnarse los objetos con el alma de la gente. Esa yoga/unión que pretende dar sentido a todo y que en las parejas también pueda existir, a pesar de las fuerzas contrarias. La vanidad, la mala gestión de los orgullos, se me ocurre ahora, quizá sea una de las más destructivas.

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