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Si ayer fue un día Oblómov, tumbado, mudo, casi inútil, hoy ha sido un poco todo lo contrario, el reverso de la moneda. Podemos pensar que esos días supuestamente inútiles quizá no lo sean tanto y que el concepto Sabbat sea algo que haya que incorporar a nuestras rutinas. Entregarse a la no-acción con una voluntad de hierro, esforzarse en descansar, si es que se notara alguna resistencia para hacerlo. Hibernar al menos un día a la semana para volver al mundo como cuando se sale de una gripe, con esos ojos nuevos y ganas de volver a hacer cosas. 

Me acordé de unas palabras del escultor Aquerreta en una entrevista para la extinta (y efímera) Nav7. Dijo que había estado deprimido hasta los 34 años. Que poco a poco se descubrió a sí mismo y empezó a actuar como tal. Que antes había vivido medio aletargado, anulado por diversos elementos en contra, quizá su propio miedo a salir del cascarón. La idea de pensar que uno no es que haya vivido deprimido, pero sí menoscabado de alguna manera. Esclavo de ciertas inercias que le han producido placer pero también resaca, porque ciertos atajos suelen cursar con un regusto agridulce al final, cuando no agri a secas. 

No sé qué le pasó al escultor Aquerreta, qué tipo de revelación vivió en sus carnes. Quizá un saltar definitivamente a la piscina, a la suya y no a ninguna otra, y descubrir que si bien fue jodido el momento de meter la panza en el agua fría, luego descubrió con agrado que no solo se acostumbró al cambio de temperatura, sino que era ahí donde debía estar y era en ese caldo de cultivo piscinero donde se podría desarrollar mejor que en ningún sitio. 

Esa frase de Balzac que alguna vez he citado, y que recuerdo exactamente dónde la leí. En un barrio obrero y periférico de Bilbao, donde me documentaba para un reportaje sobre esos lugares tan pintorescos como Masústegui, construidos sin plan urbanístico ninguno, con la fuerza y el empuje de los propios inquilinos, emigrantes la mayoría, que se instalaron ahí a mediados del siglo pasado. La leí, digo, en una revista de barrio y, no sé por qué, ¿por qué recordamos unas citas y no otras?, se me quedó grabada, hace nueve años. 

"La felicidad depende del grado del valor y del trabajo". 


Se me grabó, la muy jodida, porque tenía el reconocible tufazo de la verdad, siendo la verdad algo muy inasible y esquivo pero que va dejando rastro. Habiendo leído esta frase hace nueve años, ¿no la había asumido? ¿La entendí pero no la puse en práctica? 

Quiero pensar que sí, pero que apliqué el valor y el trabajo a otras cosas, las que tocaban en su momento. Aparece entonces la frase de marras en un momento en que hay que encontrar, tras la conclusión de un trabajo creativo que te deja tan orgulloso como huérfano de misiones a las que entregarte. La sensación, este mismo lunes, de haber puesto la primera piedra de unas nuevas obras, como Alfonso XIII en 1910 con la Gran Vía, con la diferencia de que seré yo quien me ponga pico y pala a abrir esa particular avenida, cosa gozosa si se mira bien, aunque nos pueda dar una falsa sensación de envidia la ociosa y repantingada vida del almidonado borbón.

Comentarios

  1. Es que encontrar el valor para lanzarse al trabajo no es fácil. En algunas personas es una cualidad innata, pero en la mayoría no. Vivimos, nos educamos, sin tener la muerte —la finitud de todo— presente. Sin embargo el tiempo da para lo que da. Buenas (y sesudas) reflexiones, Eduardo. Saludos.

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