26.4.14

He

Ese momento en que el músico hace lo que sabe hacer y la gente, el público, calla, que es lo que debe hacer. La elegancia de una guitarra y una voz, unas manos que arpegian las cuerdas como si hubieran sido diseñadas para ello. Tan solo esos elementos para que se genere una sensación de plenitud que se prolongará durante la mayor parte del concierto, quizá algún momento para una introversión que es tan profunda que nos conduzca al sueño, pero es un sueño placentero y quizá necesario. La comunión entre ese mundo onírico y el otro mundo, onírico también, aunque real, que nos ofrece el moderno trovador. 

Para escribir bien no hay que aprender a escribir bien, sino a mirar bien, a ser alguien de bien. Lo mismo sucede con la música, esa que va más allá del cocacolismo electrificado que vale para un éxtasis pasajero. También nos gusta esa, porque nace de la misma fuente misteriosa, de esa fuerza que nos supera y se desbroza en acordes y notas. Pero luego hay otra que deja un poso, como los buenos libros, aquellos que han sido creados sin arreglo a la cuenta de resultados artística. Con una pureza que sorprende incluso a su creador. 

Me fijo en las manos del trovador, en su recurso a esos instrumentos antiguos, incluso en su apego a una lengua que tiene mucho de antiguo, una lengua que se forjó día a día, siglo a siglo, y que tiene el atractivo de todo lo que ha sobrevivido. Como las enseñanzas de un Patanjali. Me fijo en esas manos que no conocen la pereza y van trotando por las seis cuerdas sin pensar en la siguiente nota. Hay algo en la música que tiene que ver con el yoga: la constatación del presente. Cada nota, como cada respiración, es distinta, aunque se haya repetido una y mil veces. Pero ninguna de esas veces se ha repetido en ese preciso instante, las ocho y cuarto de un sábado, 26, de abril de 2014. Respira cuando leas esta frase: es algo que has hecho muchas veces, pero nunca en este preciso instante. Todo es novedad. 

Me fijo, al volver a Madrid, tras una comida al oeste de la ciudad, en las señales horarias del reloj. Las 19 y 36. Las 19:36. 1936. Desautomatizo esos dígitos tantas veces vistos, que ahora me recuerdan a las de una fecha ominosa en nuestra historia reciente. Las horas como fechas móviles, a partir de ahora veré las ocho y catorce de una manera distinta, quizá le dedique un minuto de silencio. 20.14. 

La idea de no pensar en el futuro más de la cuenta, como hace el músico cuando va cantando sus versos, cuando recita esos textos entre canción y canción sin ninguna prisa. Paladear el tiempo, acariciar la cresta de la ola. No es fácil. Por eso aplaudimos y hasta nos ponemos de pie y queremos estrechar la mano de ese ser que ha conquistado algo que de alguna manera envidiamos y admiramos.

3 comentarios :

  1. Siempre me han gustado los razonamientos que, de una manera sencilla, logran dividir la realidad en porciones manejables. Por eso me pareció interesante resumir aquí las cuatro grandes formas de estar en el tiempo. Lógicamente estoy simplificando una cuestión bastante más compleja, la de la importancia que en nuestra consciencia presente tiene la representación mental de nuestro pasado y nuestro futuro, pero creo que vale como aproximación.

    La primera de ellas es la de los inmaduros (o los niños, pero en su caso es lo que toca): vivir únicamente en el presente, en la inmediatez sin experiencia y sin previsión de consecuencias. Esta es la forma de aquellos que son esclavos de sus deseos, de su incapacidad para posponer la gratificación o para manejar la frustración. Suelen ser personas impulsivas, erráticas, caprichosas, dramáticas, muy intensas en lo bueno y en lo malo. Y se suelen dar tantos golpes que, en la mayor parte de los casos, acaban aprendiendo de los mismos.


    La segunda forma es la de los melancólicos: aquellos que con demasiada frecuencia echan la mirada atrás, lamentándose por aquello que quedó atrapado en el pasado sin posibilidad de vuelta, porque aquello que cambió, que nunca más tendrán. Es la forma de estar de los depresivos, de los nostálgicos, de los que no termina nunca de pasar página.


    La tercera forma es la de los ansiosos, o podríamos decir también los obsesivos, los neuróticos, los hiper-maduros; en una palabra: los inseguros. Es aquella forma de estar en la que la mente continuamente quiere anticiparse a lo que va a venir, imaginando las múltiples posibilidades (en muchos casos amenazantes) de nuestro devenir por la vida.


    Y por último está la forma que yo llamo "inmersión". Quizá sea ésta la más deseable: se trata de estar habitualmente sumergidos en ese paréntesis de tiempo del presente inmediato (entre el futuro próximo y el pasado reciente) que nos hace mantener una atención plena, un "carpe diem", aunque en ocasiones podemos emerger, sacar el periscopio y echar un vistazo a lo que remotamente dejamos atrás y a lo que se adivina allá en lontananza.

    ResponderEliminar
  2. Joder, Guillermo, peazo de comentario. Creo que lo voy a reciclar casi enterito para mi entrada de hoy.

    Gracias

    ResponderEliminar
  3. A veces he pecado de hipermaduro; creo que por eso admiro al músico, su capacidad para no pensar -y planificar- las notas venideras y dejarse llevar, inmersionarse, si es que este verbo existe, en la música.

    Quizá por eso nos guste la música, porque nos aleja de esas malas gestiones del tiempo, que provocan desasosiego.

    ResponderEliminar

Instagram

Archivo del blog

Google+

Sígueme en FB

Sigue mis entradas por email

Naugrafianos

Colabora con este blog

HABANA 2009

HABANA 2009
YA A LA VENTA

Secciones

el origen de todo esto, disponible aquí.

HAZTE ESCRITOR

Lista de blogs