24.4.14

Hc

Me comenta un contacto de Twitter que le cansa mi "fustigamiento de la últimas semanas" al nacionalismo, y que si voy a seguir así mucho más. Vaya. Es un contacto con su rastro humano, amigo de una amiga, no es un contacto 'cualquiera', digamos. Veo en su perfil que es nacido en Tolosa, como ya apunta su nombre euskérico. Le respondo con buen tono que siento si le molesto pero que no es un fustigue al nacionalismo per se, sino más bien hacia ciertas actitudes de ciertos nacionalismos, como el que promueve Artur Mas, y ese grabado con barcos al que pintan banderitas españolas cuando en 1714 la Armada no las usaba, para incidir en "qué malos son los españoles que no nos dejaron ser catalanes". Cuando la Guerra de la Sucesión es más complejo que todo eso y no hubo, por lo visto, un afán de jodimiento directo hacia Cataluña como tal, aunque con el nuevo estado de cosas si es cierto que perdiera autonomía e instituciones propias.

Me fastidia ese mini desplante virtual. Como un toque de atención. Macho, no juegues con ciertos temas sagrados. Porque el tipo deja de seguirme, a sugerencia mía, porque es lo que parecía pedirme, y qué triste esa actitud como dogmática y censora, en el fondo, censora de lo no quiero/no me gusta oír. Y qué rápido te encasilla el personal, porque si de pronto te metes con lo que consideras ciertos excesos ya eres de un bando, un Jon Juaristi o Arcadi Espada de la vida, un cultivador del descrédito al clero nacionalista y, por tanto, una especie de enemigo. Lo decía Alberto Olmos en una entrevista reciente: "En este país o eres del 15M o eres un fascista". O estás conmigo o estás contra mí. O eres nacionalista o eres antinacionalista. 

Qué hemiplejia, que diría Ortega. 

Se me quedó ayer en el tintero una ideilla, relativa precisamente a la necesidad, quizá natural, de cierto nacionalismo. Relacionada con la querencia a ser punta de lanza, cola de león o cabeza de ratón pero algo, algo definido y definible. España, con sus grietas, lo está. Cataluña quizá lo esté menos. O eso siente. Y al hablar de España y Cataluña como dos entes distintos ya estoy dando por hecho algo que podría sorprenderle a mi ex follower.
Cabe pensar en una Cataluña independiente como un ente más visible en los mapas, con sus embajadas en China y el Perú, su catalán como lengua única en la que nadie se sorprenda de uso dominio, como nadie se sorprende que en Portugal la gente hable portugués (que es lo que propone el diputado de ERC y escritor Alfred Bosch en su reciente 'Como amigos'). Leído por encima el libro, me hizo gracia la figura que emplea con cierto buenismo Bosch, cuando dice que para que se dé un abrazo es necesario que haya dos personas, dos cuerpos. Dos Estados.

Todo eso no me acaba de parecer mal, porque entiendo que una Barcelona, por ejemplo, capital de la República Independiente de Cataluña tendría como más fuste que una Barcelona inserta en una España de la que buena parte de sus habitantes reniega. O que esa idea sea el motor del movimiento nacionalista, más que el de otras motivaciones tipo fiscales o de políticas lingüísticas. El deseo de independencia supongo que viene de ahí, del deseo de brillar, o no, con luz propia y tener tu huequito en el mapa, tu participación en Eurovisión, tu realidad más o menos acotada.

Esto no lo entiende bien el castellano exaltado, paletoide, que ha nacido con una realidad nacional más o menos ya hecha, con Madrid como centro de gravedad más o menos permanente y vida monolingüistica que no ofrece especiales complicaciones ni debates identitarios. Sin embargo, por qué el sevillano, el granadino, no reclaman para sí lo que sí reclama el nacionalismo catalán o el vasco. Porque nadie dirá que la identidad andaluza esté diluida por un centralismo español castrador o que Andalucía sea menos Andalucía dentro de España. Es más, la pertenencia a España le hace más andaluza a Andalucía, lo mismo que a otras regiones y territorios ibéricos, y viceversa. Como una especie de entropía de identidades de la que el masismo que llega tras el pujolismo no parece querer formar parte. 

Al tipo que me ha dejado de seguir en Twitter le diría que si yo fuera catalán quizá fuera nacionalista. Moderadamente nacionalista. O quizá no. Quizá fuera un activista del anti-nacionalismo, cansado de que toda la realidad quedara ideologizada, que toda acción estuviera instrumentalizada en una dirección política. Supongo que sería un ciudadano crítico, abierto a los mensajes a favor y en contra de mi pensamiento de turno, sea el que fuera, cosa que no parece casar mucho con todo movimiento en el fondo reduccionista y dogmático como tiende a ser el nacionalismo excluyente. O, por citar a un 'disidente' como Francesc de Carreras, fundamentalista. 

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