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Recordé un comentario, ¿consejo? de mi padre. Mis padres no me dieron muchos consejos. O quizá lo hicieron de manera silenciosa, que es otra manera de dar consejos. Tampoco dijeron frases memorables en momentos delicados en los que uno espera, por las películas y las novelas, que se digan frases memorables. Pero ayer me vino a la cabeza ese consejo-comentario de mi padre. Fue cuando le dije que iba a tocar el bajo en un grupo, mediados los noventa, pequeño retroceso en mi carrera musical, porque de guitarra pasaba a bajo. ¿No prefieres ser el solista?, me dijo. El cantante, guitarra en ristre, el líder. El Loquillo que viaja con Los Trogloditas y se hospeda en hoteles distintos, de más categoría.

Me extrañó ese comentario en él, en las antípodas del padre coñazo que arenga a su hijo delanterito del equipo de fútbol del colegio y se enfrenta con el entrenador porque no le da los suficientes minutos. Me extrañó pero de alguna manera lo encajé bien. Y si ahora aflora es porque puede que me encuentre en la antesala de algo, un cambio, no sé de qué tipo, y se me plantee la posibilidad de ser bajista, ese ser un tanto pusilánime, anulado musicalmente a lo Adam Clayton, o el que lleva la batuta.

Pensé también en mi abuelo Jean, en su soledad de jubilado pero con todo ya hecho. Quizá vengan de ahí algunos estreses recientes. De tener todo un poco por hacer. ¿Qué quiero hacer? Envidié de pronto esa calma chicha del abuelo que hace, antes de cenar, o justo después, ese repaso telefónico por hijos y nietos, repartidos todos por el Hexágono y más allá. Esa soledad de quien lo ha hecho todo, o todo lo que consideraba que tenía que hacer, y que se puede permitir disfrutar del presente y refugiarse de vez en cuando en el siempre acogedor regreso a los recuerdos.

¿Cómo será vivir sin esperar o pedir nada del futuro, más allá de un día más con vida, con salud? Siempre he observado a los viejos con algo de misterio, con un punto de admiración incluso, pasean cada día por el filo de la muerte pero no parece temblarles el pulso por ello. Tampoco te cuentan, con los ojos húmedos, que hoy también sobrevivieron. Se acostumbran, imagino, a ese baile cara a cara con la muerte que, de tenerla en el cogote día sí día también, se convierte en una compañera a la que se le pierde el respeto.

Recuerdo también una cena, en mi primer viaje a Londres, cerca de Sloane Square, en que se me hacía raro ver a mis padres moderar sus pulsiones sexuales. Se me hacía raro, en mi mente de diez años que despertaba incipiente al sexo, que un hombre y una mujer casados no estuvieran en la cama todo el día. A todo se acostumbra uno, a la fogosidad de la carne, a la inminencia de la muerte.

La cosa, quizá, pasa por no acostumbrarse de todo a esas realidades implacables. Y, disfrutar, en la senectud, de esa bola extra, ese día que se le ha ganado a la muerte, como una secreta fiesta antes de echar el telón, siempre eso, sí, que uno no esté hasta los huevos de uno u otro achaque. La idea de que, como nos aseguramos el futuro con planes de pensiones y aportaciones a la Seguridad Social, una apuesta por la moderación en el presente se recompense con una plácida vejez.

Comentarios

  1. Ahora la gente se casa por amor, conciben el dormir juntos y el leer antes de dormir. No follan.

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