8.3.14

Mañanas de marzo

Fue en marzo de 1992 cuando descubrí que en ese mes las mañanas eran especialmente soleadas. Por el acercamiento del sol y por ser el mes anterior al cambio de hora, dos factores que se aliaban para que hubiera una luz especialmente intensa. Esta mañana de sábado, de pie a horas cristianas, raro en mi existencia de individuo individual, me acordé de aquella luz preprimaveral casi excesiva. Me acordé también de aquel año, séptimo curso, y de las clases de rugby y los partidos que nos hacían madrugar cada sábado, y salir así de esa existencia plácida de krispies y televisión mañanera a partir de las once. 

Y calentar el protector bucal en el microondas para que luego se fijara a la mandíbula, y pasarme y quedar aquello bastante amorfo, pero servible de todas formas para su cometido, proteger la piñata, y esas babas que se creaban con el cuerpo extraño dentro que nos nos obligaban a escupir, a lo Messi, sobre la hierba. Y un sábado en que nos tocó jugar contra los del norte de Navarra, bascones ellos salidos de lo más profundo de los valles húmedos, que ya medían dos metros sin ser siquiera adolescentes y ante los cuales el protector bucal parecía ridícula armadura. No sentíamos miedo, aunque sabíamos que íbamos a una guerra en pequeñito en la que podía pasar cualquier cosa. Me nombraron zaguero: tipo larguirucho y correoso encargado de recoger el balón del saque e iniciar las jugadas.




Fue aquel año el del puñetazo en la cara un compañero, también en aquel equipo pionero, al que se lo advertía cada vez que se mofaba de mi apellido. Te vas a llevar una hostia, Jonatan, y al final se la llevó, en uno de los entrenamientos que hacíamos, todavía de noche, en la Vuelta del Castillo. Pero en realidad, la hostia me la llevé yo. Una hostia moral, ¿qué estabas haciendo? Sentí pena por aquel chaval que en realidad era majete pero un simple tocacojones. Tampoco fue muy fuerte el puñetazo, un poco como el de esos sueños en que quieres pegar pero una fuerza extraña te lo impide. Salió el niño que todavía yo era, a través de unas lágrimas bastante fuera de lugar, que sorprendieron aún más al tal Jonathan. 

Quizá todo eso, el rugby, la defensa del honor en duelo, tuvo algo de abandonar el invierno de la infancia, en el que uno estaba calentito bajo diversas capas de protección y salir a la luz y la vida, para la cual había que estar un poco preparado, podían venir hostias, con protector bucal o sin él. Íbamos un poco a la guerra, pero también avanzábamos hacia una primavera en la que todo podía pasar, las mejores cosas incluidas.


No hay comentarios :

Publicar un comentario en la entrada

Instagram

Archivo del blog

Google+

Sígueme en FB

Sigue mis entradas por email

Naugrafianos

Colabora con este blog

HABANA 2009

HABANA 2009
YA A LA VENTA

Secciones

el origen de todo esto, disponible aquí.

HAZTE ESCRITOR

Lista de blogs