4 de marzo de 2004

Estoy en el tren, de vuelta a Pamplona.

Imagino que ya he contado que he fijado mi residencia mental en Pamplona, con la puerta abierta a Madrid, a mi piso de la calle Elfo, si surgen entrevistas de trabajo.

Ayer hice una: auxiliar de marketing y comunicación. No me gusta esa palabra ­marketing, prefiero mantenerme alejado del marketing, no juguetear con él. Ahora que si me dan el trabajo me lo pienso, a lo mejor es divertido pasar el día haciendo cositas. He sido seleccionado de entre más de 600 candidatos para la ronda de entrevistas, para esa mierda de curro. No es conviene alegrarse de esos triunfos absurdos, que no significan nada y se traducen en nada.

Me atendió una mujer de nombre lamentable: Noelia Perlacio Rasilla. Ella era igual que su nombre, de belleza barata. Como su jersey color morado ciruela, de bibliotecaria, y un maquillaje de ojos también azul, empalagoso y malo.

Necesitaban un chico “para todo”, con unas funciones amplias y variadas en un puesto “no muy definido”. Me sentí cómodo ante esa vaguedad de conceptos, pues sí algo había en mi curriculum era un poco de todo sin definir. Pero eso sí, muy interesado “en todas las áreas de la Comunicación”. Pronto decidí que lo mejor sería apabullarla a papelotes y panfletillos, que para un puesto como ese, en el que apenas pedían experiencia, me daban ciertas alas. Lo que podría ser un “ir dando tumbos” había que calzarlo como un perfil poligonal, multidisciplinar, plurifuncional: folletos, catálogos, eventos, páginas web, películas, contratos, entrevistas, labores comerciales “a puerta fría”, promociones, newsletters… Por primera vez pensé que mi curriculum “vital” tampoco era tan pobre, y que Noelia Perlacio Rasilla, de unos treinta, había llevado una existencia responsablemente aburrida. Creo. Por mi parte, me mostré amable, firme, simpático e interesado, y me expresé con madurez y convicción, añadiendo unas gotas de humildad (a veces demasiadas). Ella me motivaba, apuntando cada comentario en sus hojas y codificando mis vivencias en sus subgéneros: “Estuve en un estreno, aquí en Madrid, en un cine de la Gran Vía, el Capitol, y bueno, había que organizar a los invitados, recibirlos y bla, bla.” “Relaciones Públicas”, me preguntaba. Y luego apuntaba “RR PP”.

Luego me sentó ante un portátil. “Ahora harás una prueba de selección, consistente en cuatro ejercicios”. Se trataba de una traducción de inglés a español, una presentación en PowerPoint, y unos casos prácticos un poco chorras. Eran ocho empleados y se ve que se creían Young & Rubicam.

A las seis y media ya estaba otra vez en mi piso de Elfo. La agencia estaba sólo a dos paradas de metro, volví paseando. Mis compañeros no estaban en casa, así que tras madurarlo unos momentos, decidí poner en práctica mi inmaduro plan. Lo confesaré. Finalmente soy un mitómano, no sé si peligroso, o enfermizo. Tampoco sé si realmente eso es mitomanía, pero algo hay. Me pasa con escritores, y también con músicos, cómo cuando en mi viaje a París del verano del 99 me pasé una tarde en la isla de Sant Louis por si me encontraba a Georges Moustaki, del que había o oído o leído que leía ahí. Me pasa con ciertas personas a las que conozco a través de su trabajo artístico, del que me siento consumidor. Me entran ganas de manifestar mi opinión, de decir “oye, que he probado tu producto y que me gusta”, de lograr un poco de bidireccionalidad ante un tío al que has prestado atención durante horas y horas, que te ha contado más batallitas, viajes, ensoñaciones, percepciones, miedos, humillaciones, molestias y emociones que todos tus amigos en un año. Basta con hacerse con el volumen de Siete Moderno, de Andrés Trapiello. Más de 600 páginas, en el diario de un sólo año, el 98. Será que soy un mal lector, insumiso ante la pasividad que le toca, así que me acerqué hasta Fernando VI, vieja calle conocida.

Desde Fernando VI, pasada la casa de Tócame Roque, buscaría Conde de Xiquena, la calle que Trapiello anuncia a los cuatro vientos, desde la solapa de su Siete Moderno, que es precisamente su portal, el siete, pero el moderno (cuya placa robaron unos malhechores, dando título al libraco de marras). Esas provocaciones no se pueden hacer a un mitómano de mi categoría. De Moustaki justo sabía, y no a ciencia cierta, que vivía en la isla de Sant Louis, la que está al lado de la isla de la Cité, la de Nôtre Dame. Eran pistas muy vagas. Con MSO tenía datos concretos, Gorritxenea, Zozaia, pero el pudor, las ovejas, los perros y mis razonables dudas me echaron atrás (y luego que tampoco estaba muy claro cual era la jodía casa del rojo..). Este caso era distinto, sabía la calle y portal, y Trapiello parece un hombre cabal, ávido de sorpresas para incluir en su sempiterno diario. Podría invitarle a una cerveza con ese pretexto. No sé. Me sentía como una fan de Andy y Lucas.

No me costó encontrar la calle. Ya intuía su zona, más que nada por lo que cuenta él en sus diarios, Salesas, Santa Bárbara… No es mala zona, no. Realmente un conjunto de calles muy agradables, protegidas, cálidas, en un “pleno centro” nada caótico. Es una de las zonas de Madrid que más me gusta, como esa calle Almirante y el Chez Olivier. Estuve husmeando por Conde de Xiquena con la actitud de un secreta, poniendo cara de normalidad, que suele ser la cara menos normal.

Me puse en la acera de los impares, y ya estaba en el 3. En seguida llegué a uno que no tenía número. “Tiene que ser este”. Avancé un poco más hasta encontrar el portal 7, no el moderno sino el siete de toda la vida. Era un portal como de diplomático, grande y abierto, con alfombra en los escalones y un siete bien cargadito de ornamentos, blanco, presidiendo el arco del portal. Quedaba claro, así que me puse a recular, disimulando mi disimulo, hasta el portal sin nombre, que no podía ser otro que el Siete Moderno. Éste, es cierto, tenía muchísima menos pompa, era algo discreto, pequeño, del tamaño de una puerta, decepcionante. “O sea, que aquí vive el escritor”. Me fijé en las plaquitas de los nombres pero sólo marcaban los pisos y las letras. Una farola anunciaba clases particulares y ofrecía servicios domésticos de alguna ecuatoriana. Se me notaba a la legua que era un peregrino literario, seguro que ya habían pasado unos cuantos por allí y los vecinos los contaban ya con aburrimiento. “Mira, ahí viene otro”. Bueno, no creo que sea para tanto. Me alejé del portal y me puse a andar despacio, en seguida se acabaría la calle y llegaría a la plaza de las Salesas. Me fijaba en las caras de la gente, podía ser cualquiera. Di un par de vueltas sobre mi mismo, salí de la calle, volví a entrar y me dije ya basta.



Comentarios

  1. Eduardo, me ha encantado que te atrevas a mostrarnos el tú del 2004. Porque veo similitudes de tu yo de antes (25) con mi yo de ahora (25) y también porque en este texto se perfilan las letras con las que yo te descubrí/conocí años después, un noviembre (sí, noviembre) de 2011.


    A mí tampoco me gusta el marketing.

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  2. Gracias, Blanca, por esa cosa como de otra época del comentario en el blog, ya casi ni me acordaba, jaja (también es cierto que deshabilité la opción una temporada).

    Dos preguntas:

    1) Solo tienes 25?!?!?

    2) ¿Fuiste a la presen de Luz den Tipos?

    Pd: Leo ahora textos como eso y pienso: qué ingenuo y cándido era, jaja. No sé si te pasará lo mismo a ti dentro de diez años.

    ; )

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    Respuestas
    1. 1) Cosecha del 88. No lo elegí yo, que conste.
      2) No pude ir pero días después te encontré buscando un libro entre las estanterías. Iba a saludarte y mi vergüenza decidió que calladita estaba más guapa.
      3) Dentro de diez años te contesto a lo último.

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  3. 1) Ok
    2) Haberme saludado!! Ayyy, jajaja
    3) Muy bien me parece

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  4. Hace unos diez años también yo hice una incursión a la búsqueda del siete moderno de Conde de Xiquena. En realidad, confieso que lo he hecho más de una vez. Observo a los paseantes con el afán de encontrar peregrinos afines. Quizá entonces nos cruzamos sin re-conocernos.
    Veuve Clicquot

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  5. Si eso ocurriera, hágame un gesto que pueda reconocer, aunque sea a posteriori, en plan 'l'esprit de l'éscalier'

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