Muerte de unos multicines

Así se llamaban, al menos en los ochenta: multicines, como un progreso rutilante de los cines de sala única, como era el impresionante cine Carlos III, con ese patio de butacas que parecía preparado para albergar una convención nazi y que luego también se dividió en varias salas. Multicines Olite. Situados en la calle homónima, cerca de las piscinas de El Tenis, Pamplona. Cierra después de 52 años. Sus puertas abrieron al público cuando en Berlín se levantó el famoso muro. Cuando los Beatles aún estaban de giras locas por Hamburgo. Una pena.

Me gustaban mucho más que aquellos otros, Iturrama, que también murieron, porque a mí siempre me gustó más la Pamplona de los ensanches y el casco viejo que esos otros barrios tipo San Juan o Iturrama. Difícil de explicar esto. Puede que por la cercanía con mi colegio.

También me gustaban mucho los cines Rex, muertos también, donde vi: ETLas minas del Rey Salomón o Dentro del laberinto con David Bowie.

Asistí a mis primeras películas en esos cines Olite. Sonrisas y lágrimas, con cinco años. Creo que jamás me he aburrido tanto como en esa proyección. Me dediqué a rascar con la uña esos apliques de luz roja que hay en el suelo, para pasar el rato. Cuando por fin llegaron los títulos de crédito, pensé: algún día sabré descifrar esas letras. ¿Por qué nos sometieron, a mis hermanos y primos, a semejante tortura, mi madre y tías? Fue en 1984.

Diez años después, me dediqué a hacer manitas, y manazas, con mi primera novia. La película, El balneario de Battle Creek, no valía gran cosa, así que nos dio igual perdérnosla casi entera. También vi con ella Los juncos salvajes, una preciosa elegía de la adolescencia, que vimos siendo adolescentes y puros. Meses después, un día triste de noviembre en que me escapé fugazmente de casa por razones que no vienen al caso, entré en esa sala a ver Seis grados de separación, en la que Will Smith hacía un papel serio. Me encontré con aquella primera novia y nos sentamos juntos, en un acto que me pareció algo raro porque yo ya tenía otra novia. Pensé en si deberíamos hacer manitas como hacía tan solo unos meses antes, y de pronto me vi extrañamente mayor y responsable, en las antípodas de aquellos juncos salvajes. 

Recuerdo ciclos de cine clásico. No muchos, porque aquí tampoco hay un gran cinéfilo. Fue cuando la carrera, Comunicación Audiovisual, paradójicamente, para una asignatura de crítica cinematográfica. El sueño eterno, de Howard Hawks, que me hizo plantearme si habría alguien que realmente entendiera ese intrincado guion o guión. 

También recuerdo haber visto una de los Pitufos, con mi padre y hermano mayor, y la imagen de mi padre dormido durante la proyección. A la salida, me separé unos segundos de ellos y sentí por un instante el vértigo de verme perdido. 

Piratas, de Roman Polanski, unas Navidades.

La historia interminable.

Pero quizá la película de la que mejor recuerdo guardo, vista en esos Olite, fue Cuenta conmigo, que vi con mis primos en un verano de finales de ochenta. Aquellos chavales, que no llegaban a los trece años, me parecían tan mayores, fumando sus primeros pitillos y acampando solos al raso. Eran unos críos, pero ya había algo que moría dentro de ellos: el paraíso de la infancia. 

Como muere el candor del primer amor adolescente, mueren unos cines. Esperemos que abran otros o sobrevivan los que, numantinamente, aguantan. Que no desaparezcan para siempre dependerá, en el fondo, de nosotros. Cuenta conmigo podría ser un buen lema para una campaña de protección del cine. Acompañada, ya que estamos, de esa rebaja del IVA que no acaba de llegar y que contribuye a esa cierta apatía global que se empeña en acompañarnos.



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