Lost

Mientras se afeitaba, le llegó un intenso olor a tostadas chamuscadas. En efecto, se habían quemado por uno de los lados. Las tiró directamente a la basura. Con cuidado de que no se le cayera la espuma de afeitar a la sartén, buscó la mantequilla con la que antes había embadurnado el pan de molde. Abrió la nevera, el armario de las galletas, el horno, el microondas, el cajón de las medicinas, pero la puta mantequilla no aparecía por ningún lado. Se le cayó la toalla anudada a la cintura y, como hombre de las cavernas que busca algo que echarse a la boca, siguió buscando por los rincones más recónditos de la nevera, hasta dar con un limón color azul y una cebolla blanda. 

Apagó la sartén y se dispuso a terminar con el afeitado, pero no encontró la cuchilla, y eso que miró detrás del váter, en el plato de la ducha, en el neceser y debajo del lavabo. Se duchó con media barba y se secó con las cortinas de la ducha. Se vistió con dos trapos de cocina y bajó las escaleras andando: nadie sabía dónde estaba el ascensor. 

En la calle, encontró arena en lugar de la avenida principal del pueblo y un señor con un letrero en la mano que decía: El Big Crunch ha comenzado. Pensó en una ambiciosa campaña de publicidad de una marca de chocolatinas o en un microrrelato malo en que todo es un sueño. Pero no, este microrrelato era social, se dijo, mientras la enfermera le daba la enésima pastilla para aliviar esa enfermedad de nombre alemán del que nunca se acordaba.

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