Asideros

Hablando con Elvira Navarro de una de las protagonistas de La trabajadora, que comparte con ella, para empezar, las iniciales (Elisa Nuñez). Pero partiendo de un personaje que podría recordar a Elvira (amante de los paseos por la periferia, que realiza trabajos para editoriales, etc), la autora mete otros ingredientes que la alejan de su propia criatura, cosa interesante por cierto. "Nunca tuve una vocación literaria fuerte", llega a decir la tal Elisa. 

¿Y por qué este matiz? Dice Elvira que porque quería crear un personaje sin asideros y, la vocación fuerte, en el fondo, es un asidero, cosa que me ha gustado oír porque uno puede estar nadando in the shit que, si tiene esa vocación fuerte, literaria, periodística, musical, religiosa, el Japón de san Francisco Javier, está salvado. 

Antes de dormir estuve pensando en ese concepto de los asideros, palabra gráfica donde las haya cuya resonancia reverberó en mi cráneo hasta que me venció el sueño (siempre gana, qué tío). Y pensé en gente remota de la que uno adivina sus vidas e intuye una falta de asideros importante, como si fueran en caída libre y con suerte se agarraran de vez en cuando a los finos alambres horizontales de los tendederos. Evalué mis propios asideros, y recordé épocas en que quizá temblaron o fueron puestos en tela de juicio, porque un asidero que es un clavo ardiendo tampoco vale. Y pensé en Tarzán y mi teoría de las lianas y en cómo a veces vamos saltando de una en otro a punto y llega un momento de estar en el vacío y acojonarse hasta que por suerte aparece otra liana y soltamos un grito de ultratumba.

Con el tiempo, he ido haciendo acopio de asideros hasta lograr una base más o menos sólida; en otras épocas anduve más inestable, un poco como los Bordini por la plaza del Castillo, con la confianza en que llegaría al otro lado, o con esa fe en las propias capacidades que, iluminada o no, siempre me acompañó y dio frescos alientos. 

Pensé también en otras gentes, remotas o no tanto, que podrían participar, al menos como figurantes, en la novela de Elvira Navarro, una novela que plantea cómo la precariedad, la falta de asideros, te puede colocar en el borde de la locura, borderline, o en la locura misma. Esto está en mi grabadora:


La precariedad material afecta a tu salud mental, es una idea que está muy presente en la novela. Si tu estado de ánimo durante cinco años es de desesperación, es probable que al sexto año te dé un brote psicótico, una depresión, que se produzca una quiebra.  

Asideros. Familia, amigos, amores, cierta comodidad material, fe en lo que haces, en el futuro, en el pasado, en el presente, en el lugar en el que vives. 

La alternativa de inventarse asideros, asideros artificiales, cuando los de verdad te fallan. Eso, pensé, podría explicar algunos comportamientos que pueden verse como excéntricos desde fuera: hacerse vegano de la noche a la mañana y proclamarlo a todas horas sin venir a cuento.  

Y la idea sombría de que muchos asideros tradicionales se estén resquebrajando y esa actitud locoide se propague viralmente y todo sea un universo estridente y drogota de seres perdidos que buscan apoyo en la vanidad, por ejemplo, otro asidero de dudoso aguante. 


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