7.1.14

El mundo de ayer

Es uno de libros que me han regalado (y que también he regalado, por cierto, en otra edición y otro idioma): El mundo de ayer, de Stefan Zweig. Sin haberlo leído, me atrevo a recomendarlo, como me atrevo a recomendar esta exposición, la de Català-Roca, nuestro Cartier-Bresson, precursor incluso de eso del instante decisivo, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Hasta el 12 de enero.

Dentro de ese tema apasionante que es ir asumiendo el pasado, incorporarlo a nuestro presente, poner color a ese tiempo en blanco y negro, me llamó la atención una de las frases sobreimpresas en la pared, encima de una foto de coches clásicos en la calle de Alcalá.


"Sabía que era testigo de cosas que desaparecerían rápidamente. Cinco años más tarde no podría haber hecho esas fotografías". 




Se refiere a esas imágenes de un mundo híbrido entre el campo y la ciudad que pretende todavía ser New York, el pueblón manchego que saca sus mejores galas en la Gran Vía y hace alarde de un americanismo que seguramente a más de uno le parecería impostado, excesivo, pomposo. Tendemos a entender el pasado como una cosa fija que encajaba en su propio tiempo, pero el pasado está lleno de anacronismos, de modas y estéticas no siempre en consonancia con su propio tiempo. El franquismo y sus escorialitos, sin ir más lejos.

Los años cincuenta quizá fueron el canto del cisne de un tiempo que aún trataba de defender una cierta idea de belleza, antes de que Madrid hiciera pop y se impusiera definitivamente lo que tras Marinetti fue imponiéndose: lo práctico, funcional, experimental, el eclecticismo arrealista y antiburgués. Ver esos años, los cincuenta, como algo frágil y poco duradero, sensación que sentí, recuerdo ahora, al ver aquel anuncio de ese desfasado Renault 4, heraldo de un tiempo pasado que no sé cómo leches se seguía anunciando.

Y tiempos  a los que algunos políticos y creadores de tendencias se aferran, como si fueran mejores: los Castro y esa Habana no anclada en un tiempo cualquiera, sino el de la juventud de sus regidores, una juventud que coincidió con un tiempo que aún no había sido trasegado por los desoladores dictados del posmodernismo.

En el hoy que se vivió ayer, el ayer pervivió más de lo que los ojos avizores como Català-Roca juzgaron razonable. Quizá ese ayer quiso mostrarse en el contraste con el pujante hoy, y así recibir una extremaunción en condiciones.


Català-Roca, partidario de la reproducción ilimitada de sus fotos





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