Café con mala leche

Metro a una hora mañanera aún temprana en Madrid y un tipo arengando a los viajeros para que le den "para un café". Es alto, chupado, diré que enjuto pero no seco, porque tiene la cara húmeda, me recuerda a Ewan McGregor pasando el mono en Trainspotting. Habla alto, muy cerca de mí, implora, proclama, exige su derecho a una ayuda, a un euro o dos para un café. 

ES QUE NADIE EN ESTE VAGÓN ME VA DAR ALGO PARA UN JODIDO CAFÉ???

PARA UN CAFÉ BIEN CALIENTE!!!!

Miradas al suelo, cierto miedo en el ambiente, el tipo parece capaz de perder los estribos y liarla parda. Yo también salgo de mi paz matinal, El Observador que llevo dentro se apaga un poco, y en lugar de darle un euro lo que me apetece es darle una buena hostia. Un mamporro para que calle su bocaza y deje de amedrentar con su violencia verbal a los contritos viajeros, que disimulan su cara de mierda qué he hecho yo para merecer esto, y que seguramente tengan más problemas que este exhibicionista de sus dramas, evidente producto de una decadencia personal vicios mediante. Habría que hablar con su madre y ver si ella pide ayuda de la forma en que la pide el hijo. Una señora saca tímidamente una moneda gorda de su bolso y se la da mirando al suelo.

Me acuerdo de esa portentosa obra que es El novio del mundo, de Felipe Benítez Reyes, que me fascinó cuando la descubrí allá por 1998, y cómo un personaje traparecerillo, picarescoide se dedica a vender La Farola pero no con los habituales métodos de dar cierta penilla sana y pedir un poco de caridad por dios, sino empleando técnicas filoviolentas, de intimidación al tranquilo peatón. Y, le funciona mucho mejor. 

Pensando estos días sobre la violencia, Gamonal, si hay violencia buena, cargarse a Ceaucescu, violencia inevitable, y violencia mala, la instrumentalizada y sostenida en el tiempo como chantaje, cabe plantearse un posible aumento, tal como está el patio, de cierta violencia para conseguir ese café caliente del mendigo. Una forma de extorsión corrupta, además, desde el principio, como demuestra la mentira del tipo en cuestión: ¿Si ya te han dado el dinero para el siguiente café, por qué vas luego de vagón en vagón repitiendo la misma cantinela?

Convendría no confundir solidaridad legítima con dar alas a la desfachatez agresiva de un jetas. 

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