Lo que sale mal

A veces hay cosas que salen mal. Que tuvieron lugar y está bien que así fuera, o quizá no tanto. Fueron reales, existieron, forman ya parte de un pasado inamovible que impregna muchos días el presente, quizá porque no está bien cerrado o cierra mal. Lograr que cierre es una tarea más dura de la que pensamos, porque las cosas que salen mal son así de putas. Es difícil extraer una moraleja, una enseñanza, una lección; a los que escribimos siempre nos queda el consuelo de reciclarlas en literatura y consagrar así lo bello que hubo en todo aquello que salió mal. Pero ya ni eso consuela y mira que uno ha sido obsesivo con esa manera de vivir/escribir, escribivir, casi al punto del Bandini de Pregúntale al polvo de Fante, igual me confundo, que fantasea que cuando está a punto de morir ahogado por unas olas terribles está contento por tener material literario fresco y de primera calidad. 

Cuando algo sale mal ni la literatura sirve para sentir que salió menos mal, porque la literatura, por desgracia, no arregla las cosas. Sirve, a lo sumo, de gran y hermoso funeral a aquello que murió y la muerte siempre es dura de asumir porque no casa con la vida ni con la bondad de las cosas, de la gente.

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