La viuda

Era un día demasiado caluroso para morir. Pero aún así, estaba muerto. ¿Sudaban los cadáveres?, se preguntó, pañuelo arrebujado en mano, mientras recibía consuelos de unos y de otros. El calor humano se sumaba al calor atmosférico, pero no era suficiente para mitigar la frialdad del espacio: ese tanatorio de la M30 que parecía una cadena de montaje de la muerte, último pasito de una vida seriada, programada, en la que la incineración sería el definitivo salto hacia el olvido. El muerto al hoyo y aquí no ha pasado nada. Madrid. 

Ella prefería sin duda las exequias de su ciudad natal; en provincias morir aún tenía dignidad. Aunque llevaba más de treinta años en la capital, no permitiría que sus días acabaran en ese anonimato aséptico y como de matadero moderno que era ese tanatorio tamaño industrial, tan cerca de la mezquita, además. 

Mientras se refrescaba con una cerveza sin alcohol, se sorprendió a sí misma por dar tanta importancia al lugar, al calor, a los manchurrones, camachos, los llamaban ahora, de las axilas del camarero. Por primera vez en mucho tiempo, se fijaba en el entorno, en el mundo, y no en su marido, en su señor marido, ese tipo antiguo, del Madrid de Di Stefano, con el que había compartido el 60% de su vida. Aún era joven, cincuenta y pocos, pero sentía que le había dado toda su vida a ese señor ya mayor que pese a los muchos diplomas de su despacho moría como uno más. Que igualdad casi socialista trae la muerte, creo que de haber sabido que iba a morir así, se habría arrepentido. Le entró la risa floja con su ocurrencia, su cuñada la vio reír y la trató como a una pobre desgraciada, así que mudó el gesto y provocó una llorera que no le costó demasiado acompañar de abundantes lágrimas. 

Lloraba como una magdalena, pero por dentro reía, reía como una hiena henchida de alegría y libertad. Su marido había muerto, su rico marido había muerto. Lo había querido con toda su alma. Ahora estaba muerto. Una ráfaga de felicidad, en forma de súbito escalofrío, le recorrió el espinazo.

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