Encuentro fugaz pero no tanto

Lokah Samastah Sukhino Bhavantu es un mantra budista que hay que repetir cientos de veces Lokah Samastah Sukhino Bhavantu Lokah Samastah Sukhino Bhavantu Lokah Samastah Sukhino Bhavantu Lokah Samastah Sukhino BhavantuLokah Samastah Sukhino Bhavantu Lokah Samastah Sukhino Bhavantu Lokah Samastah Sukhino Bhavantu Lokah Samastah Sukhino Bhavantu Lokah Samastah Sukhino Bhavantu Lokah Samastah Sukhino Bhavantu. 

Hoy lo he repetido unas cuantas y con esa sensación de vacío que te llena a la vez, como un vacío que pide nuevos estímulos, pero sin ansiedad o como la de un niño que pide leche de una teta que sabe abundante, con esa plácida vacíez, digo, me he metido en el metro pensando en la escarola de gulas que iba a preparar. Era un mantra de estos diseñados, en la noche de los tiempos, para la bondad cósmica, una bondad cósmica que se desliza por los siglos como si se hubiera colado por un cilindro vertical dispuesto a atravesar todos los planos de la existencia, corrientes gravitacionales incluso, no time, no space.





En esas rumias amables andaba cuando subiendo por la escalera mecánica he visto la perilla feliz de Julián, uno de los míticos de la casa de la vida. Quizá el primer vecino, casi antes que Don Vecino y Vecino Junior aparecieran en mi vida, a mediados de los ochenta. Un vecino, Julián, que tenía una hermana que siempre fue guapa y un padre misterioso con el que es imposible enemistarse, al menos en mi caso, y en el de más gente, como convine hace unas semanas con un nuevo amigo de nombre corto y solemne, como su linaje de placas romboides, tras un par de botellas de Ribera cerca de la calle de los Fuggiari.

Lokah Samastah Sukhino Bhavantu y que todos los seres humanos se realicen en la felicidad y liberación de la existencia unificada. Toma ya. Y el encuentro. Lo escuché. Eso también. El encuentro en una estación de metro preinvernal y amarilla con alguien de esa región nebulosa y subcutánea de la memoria, en esa especie de trastero donde almacenamos los Rosebuds, los belenes ajados de corcho desmigado, los recuerdos más remotos pero más profundos e íntimos: los Huesitos de a 20 pelas y envoltorio de oro de la tienducha de la extinta estación de autobuses. Esos recuerdos que solo compartes con tus hermanos y un día, una noche, un alegre rato cualquiera, afloran sin avisar como puede aflorar media lágrima cualquiera. 


HCB


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A la escalera derecha y a quienes viven y vivieron en ella