Ideas para una charla (V y fin)


Pero, llegados a este punto, ¿qué hay del pudor autobiográfico? Si existe, en mi caso, es sobre todo por los demás. Por la vergüenza ajena que pudieran sentir, por la leve escandalera que tal o cual suceso de alcoba les pudiera provocar. Por ese público hiperlocal de ciudad natal que va buscando tal o cual dato morboso. Por revelar algún detalle, no indecoroso, pero sí de dentro del hogar familiar, de mis hermanos, primos y tíos. Más que pudor está la sensación de estar haciendo algo indebido, algo que no solo te compete a ti y esto es raro porque uno entiende la literatura como un ejercicio de soledad y libertad al estilo Juan Palomo yo me lo guiso yo me lo como. Pero esto no es así en la literatura autobiográfica donde, como decía José Luis García Martín, “uno es uno y los demás”, esa incontrolable madeja humana que conforman “los demás”.

Y qué hacer, entonces. ¿Renunciar a lo que uno es, lo que quiere contar, por romper el supuesto derecho a la intimidad de la vida de los demás, normalmente seres allegados nuestros? “Mientras se haga con respeto y con honestidad, no hay problema”, me contestó mi hermano cuando le comenté mi intención de escribir sobre la historia de mis padres, sobre el lento pero implacable apagarse de sus vidas, pero también sobre su particular historia de amor, la vida antes de que yo naciera, esa precuela que precede a toda biografía y en la que quise indagar.

No negaré que al principio vi narices arrugadas en torno a mi proyecto. Mi padre había cultivado durante décadas una imagen personal, era una marca, y yo iba a hablar en un libro de asuntos mucho más íntimos. Entiendo que la puesta en escena de estos elementos tan de puertas adentro pudiera ser mal recibida. También estaba la posibilidad de que encima mi recreación de todo aquello fuera un texto empalagoso y pretencioso de juventud e ínfulas.

Escribí ese libro por ellos pero para mí, de un modo egoísta. Fue un espejo en el que mirar mi propia historia, porque la literatura autobiográfica también es eso, una especie de reflejo en el que peinarse el alma y quitarse tal o cual grano. Un espejo profundo, diseñado para algo más grave que una mera cosmética interior. También era mi manera de convertirme en algo que anhelaba desde hacía años, escritor, y tenía una historia a mi disposición. No había alternativa. El pudor, lo que pudieran pensar, el que la gente supiera que me había meado en los pantalones tras un desmayo al ver Million Dollar Baby era para mí lo de menos. Por otra parte, y esto daría para unos cuantos párrafos más, el ejercicio de la autohumillación literaria tiene algo de placentero. Una especie de masoquismo antivanidad que quizá, en última instancia, tengo algo de juego vanidoso bizarro.

Estaba la forja de mi personalidad, el rescate de la historia de mis padres y la posibilidad de conquistar un pequeño hito en la carrera literaria. ¿Qué me importaba el pudor en todo eso? A mí me compensaba, desde luego, aunque podía entender que a mi entorno no tanto, porque mi visión de los hechos sería por supuesto subjetiva y puede que no apartara nada nuevo a lo que ellos ya sabían.

Opté por la política de hechos consumados. Si no me aceptaban con mi yo escritor es que tampoco me aceptaban tal cuál yo era. Aceptaría sus reproches y entendería hasta cierto punto algunas reprobaciones. Pero no habría encajado bien un ataque frontal a mi proyecto. Opté por arriesgar y creo que es lo que hay que hacer. La literatura autobiográfica, si es honesta, va en pos de algo. No le interesa rescatar detalles poco decorosos porque sí. Se mueve en el terreno del arte, con sus complejas reglas no codificadas. Es algo demasiado trascendente como para dejarse frenar por el pudor. Y quizá los aludidos en este tipo de textos deberían ser conscientes de su rol de pequeñas pero fundamentales piezas dentro del gran engranaje literario sin las cuales nada tendría sentido.  

Estoy seguro que tendrán presente esta idea en el futuro, porque hay dos libros por venir que siguen apostando por una factura netamente autobiográfica, aunque con algún que otro toque Lubitsch casero. 

Gracias.

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