Ideas para una charla (IV)

Me asalta esta idea y no sé si me gusta mucho: la autobiografía se cultiva durante la juventud. O durante la senectud. Entre medias, hay tiempo para combinar los elementos de la vida y crear con ello eso que podríamos llamar ficción y que, en el caso de la literary fiction, no es sino un estado alterado, curado, fermentado, de la propia vida.

En mi caso, noto que sigo siendo fiel a los hechos a la hora de ponerme a hacer literatura, y quizá haya en ello un deje de mi trayectoria periodística, una suerte de responsabilidad o respeto a mi propia memoria y una, por qué no decirlo, rigidez a la hora de crear. Poco a poco me voy desembarazando del corsé de los faction (léase Los Hechos, de Philip Roth) y relajando la muñeca con un mejunje de hechos reales, sí, pero procedentes de distintas fuentes vitales, salpimentados con unas gotas muy leves de inventiva. El juego de elegir a un protagonista que fue real, pero sumarle capas de otras personas, afines a esa persona y añadir a ello retazos de nuestra propia experiencia. Escribir sobre los demás es una autobiografía distante que no se priva del ingreso de elementos netamente personales. Me parece divertido si el personaje lo encaja con naturalidad; a fin de cuentas no somos tan distintos unos de otros.


Roth


Los escritores jóvenes, como hicieron Tolstoi y Coetzee en sus primeras obras (Infancia, Juventud...) puede que apostaran por el relato autobiográfico sin muchos maquillajes porque era lo que más a mano tenían para hacer lo que les pedía el cuerpo: escribir. Porque el arte no es sino hacer, pienso a veces, lo que te pide el cuerpo, como a Carmen Amaya le pedía el cuerpo hacer esas prodigiosas cabriolas zapateadas ya que por lo visto le venía bien para sus peculiares riñones.

Los viejos quizá ya no están tan ágiles para realizar esa alquimia mágica que pide la literary fiction y van al hecho en sí, aunque estoy pensando más en las clásicas memorias que se escriben desde la última vuelta del camino. Una suerte de acta notarial en que se da constancia de esto y lo otro, para que el papel inmortalice el paso por la vida antes de estirar la pata. Las motivaciones pueden ser distintas entre el joven y el anciano.

Luego está Memoria de mis putas tristes, de García Márquez, que no deja de ser una especie de memoria sentimental del puterío del autor y una proyección hacia el futuro senil del mismo que forma, como también se proyectó hacia la tumba el citado Philip Roth en Elegía. El placer de proyectar, de anticipar. Hoy pensé en eso, al adivinar en mis manos las arrugas del futuro. Con setenta años me sentiré tan joven como hoy me puedo sentir, con las mismas pocas certezas y con las mismas ganas de vivir. Con los mismos asombros y parecidos miedos. O quizá no. Estaré arrugado por fuera pero por dentro seré alguien parecido. Creo que sí.

Lo que me interesa de todo este rollo es la idea de una cierta progresión hacia la creación literaria que llega cuando la despensa de la experiencia es lo suficiente rica y variada como para efectuar mezclas afortunadas con ella. La imaginación es el recurso del escritor de fin de semana. Ese que apenas sabe exprimir lo vivido y lo bebido y tiene que inventarse fantasías que puedan hacer sonreír al lector aburguesado medio. No me interesa.

Estoy contento con ese hallazgo y con la idea de seguir avanzando en la escritura autobiográfica, porque en el fondo toda la literatura de verdad lo es. Aunque no siempre se nota, he ahí el mérito.


Coetzee