Ideas para una charla (III)


Sigo con Franzen y otra frase que me pareció digna de un subrayado, aunque no sé si estoy del todo de acuerdo: 

Cuanto mayor sea el contenido autobiográfico de la obra de un narrador, menor será su parecido superficial con la vida real del escritor. 

Pues no lo sé. Ahí está -y de esto quiero hablar con Paco Fuster- el Andrés Hurtado del El árbol de la ciencia, que tiene profesores odiosos, que reniega de la carrera de Medicina, que tiene tres amigos, como en cierta etapa de su juventud alternó con unos tal Carlos Venero y Pedro Riu Davets, leo por ahí, y no con Ramiro de Maeztu y Azorín, como pensaba (aunque también cultivó la amistad con ellos, fueron el Grupo de los Tres). Un Andrés Hurtado que pierde a su hermano Luisito, como Pío Baroja perdió a su hermano Darío. 

No acabo de estar de acuerdo con Franzen en ese punto. Leo ahora Oh, América, de Marcella Olschki, que acaba de rescatar Periférica, y cuando habla de cómo a su marido se le fue la pinza tras someterse a unas sesiones de psicoanálisis y tras el impacto de la guerra, es eso lo que pasó y no otra cosa. 

Pero dice otras cosas más interesantes, a propósito de cierto mito vigente en Estados Unidos de que toda persona lleva dentro una novela (autobiográfica). La novela de su vida. Durante un tiempo, yo también he defendido esta idea, y la he usado incluso como argumento promocional de mis cursos de literatura autobiográfica. Ahora bien, ¿la creo realmente? 

Esto apunta Franzen que viene a decir que, bien, puede ser, pero que ojo, la literatura no puede ser solo mero espectáculo: 

A menos que el escritor corra un riesgo personal -a menos que el libro haya sido para el escritor, en cierto modo, una aventura hacia lo desconocido; a menos que el escritor se haya planteado un problema personal de difícil solución; a menos que el libro acabado tenga que haber vencido una gran resistencia- no merece la pena leer su obra. Y, en mi opinión, desde el punto de vista del autor, tampoco merece la pena escribirla. 

Pienso ahora en Valerie Hemingway, que obtuvo el famoso apellido tras su matrimonio con Gregory Hemingway, y cuyas memorias Correr con los toros devoré en mayo de 2009, tras mi viaje a La Habana castrista. Y digo memorias con intención, porque en ese libro no vi una realnovela, sino unas memorias, es decir, un libro con el propósito de contar una vida, pero no de hacer literatura, que son dos cosas distintas. Había en esa obra una serie de revelaciones íntimas, y no tanto de la protagonista como de su exmarido, Greg, uno de los tres hijos de Ernest Hemingway, de quien se describía el hábito cada vez más frecuente de vestirse de mujer. De robarle las medias, pantys, bragas y ligueros a Valeria hasta llegar a confesarle un día que la pulsión de ser mujer cada vez va a más. Algo de eso contó recientemente el hijo, como se puede leer en este artículo. Y Greg se convirtió en Vanessa, tras una operación de "reasignación de sexo" en 1994. 


Hem y Valerie, que empezó siendo secretaria 
del escritor 
y luego mujer de su hijo Greg


En su día, me parecieron impúdicas esas revelaciones. Sobre todo, porque no eran tanto autobiografía sino biografía, ¿consentida? de otros. Quizá, con las gasas de la literatura, de la lírica, de una postura más subjetiva que objetiva (quizá esa sea la diferencia entre literatura autobiográfica y memorias), me habría parecido menos osada entonces.

Pero pocas cosas son importantes realmente. Esto me lo comentó una vez Carlos González Peón, alias Tongoy, hablando sobre la vanidad herida de algunos escritores con los que ha podido ser más cabroncete. Algo de esto viene a decir Franzen en su conferencia-ensayo, y en eso sí que estoy de acuerdo. Luego lo desarrollo más. 




Durante años, Franzen cultivó una literatura que él mismo llamó antiautobiográfica. Aún le pesaba la acusación de su primera mujer, tras la publicación de su segunda novela, Movimiento fuerte. Le dijo "memorablemente", que para escribir aquella novela "había robado partes de su alma". También le preguntó, "con cierta razón", por qué sus principales personajes femeninos acababan asesinados o heridos gravemente por armas de fuerzo. Recuerdo que en mi primera novela, inédita y fallida, la novia del personaje alteréguico, profesora de inglés, muere en accidente de tráfico. Recuerdo que le dejé leer el manuscrito a mi novia de entonces, que leyó sobre la cama que compartíamos ese fin de semana, y no me pareció que sacara conclusiones amargas de aquel detalle narrativo, aunque quizá optó por no decir nada. 

El autor de Libertad se separó de su mujer en 1994, y la dejó a una edad delicada, cerca de los cuarenta. El protagonista de Las correcciones, novela que trabajó en los noventa, estaba definido por su depresión y culpabilidad, "sobre todo con relación a las mujeres, y aún más con los relojes biológicos de las mujeres". 

Es el conflicto con el que lidian en algún momento todos los escritores serios, dice Franzen: el conflicto entre hacer buen arte y ser buena persona.




La resolución a ese conflicto, que yo sentí en parte al escribir Luz de noviembre, por la tarde, en cuanto que sentía que estaba de alguna manera traspasando algunas fronteras, no sé cuáles, sagradas, le vino tras una charla con una "sabia amiga" mayor que él. Andaba preocupado, Franzen, por el parecido que guardaba el personaje de Gary Lambert con su hermano mayor. Temía "su ira" al descubrir cómo revelaba detalles íntimos, el deseo de hacer un álbum con las fotografías de la familia preferidas, de un modo que podía resultar ofensivo, ridiculizante. 

¿Acaso crees que la vida de tu hermano gira en torno a la tuya? ¿Acaso crees que no es un adulto con vida propia llena de cosas más importantes que tú? ¿Acaso te crees tan poderoso como para que algo que vayas a escribir en una novela vaya herirlo?

No sabemos qué respondió Franzen, pero sí lo que dijo en esa conferencia, y que con el tiempo había aprendido el valor de correr riesgos autobiográficos: 

En realidad quizá estés haciéndole un favor a tu hermano, o a tu madre o a tu mejor amigo, dándoles la oportunidad de estar a la altura de que se escriba sobre ellos, confiando en que ellos te querrán por cuanto eres, incluida tu parte de escritor. 

Acaba la conferencia con tres palabras en relación a su hermano, el Gary entre comillas de Las correcciones.

Nos queremos mucho.