Memorias de un párroco de pueblo, cap. 1: Carmelo

Como párroco de la comarca de Salvarroble de Fuentetierra era frecuente que los cientos de peregrinos que pasaban por el albergue que gestionaba en dicha localidad me pidieran una oración. La mayoría lo hacían por sus muertos, más o menos recientes, y el resto por sus enfermos, más o menos graves. A todo decía que sí y a fe que luego me pegaba mis buenos ratos antes de acostarme rezando por el alma de Fulano y Mengano, por la reumatitis de Zutano y por las complicaciones de próstata de Rezutano. Era tal la demanda que hube de plegar una hoja en la pared del vestíbulo en donde pedía que se indicara el nombre del beneficiario de mis rezos, por otra parte faltos de una efectividad por así decir mínimamente garantizada, y los motivos o causa de la oración. 

Pasaron muchos, ya digo, pero ninguno como Carmelo, estudiante de Física termodinámica que había decidido abandonar la vía académica tras, precisamente, una de esas rutas de peregrinación en cuya trascendencia religiosa no creía pero ojo que ahí estaba como el que más, año tras año, y creo que fueron 17. Sobrevivía mal que bien con unos negocietes en internet por los que nunca pregunté, porque para mí que rayaban en lo ilegal o cuando menos indecoroso. Esa fue su primera petición, "Padre, quería pedirle si pudiera rezar por el éxito de mi tienda on-line, si no despega no sé cómo saldré de esta". Yo le replicaba que cómo un ateo recalcitrante, quemaiglesias, más rojo que la compresa de la joven Pasionaria en el cañón del Colorado (sic), tenía los santos cojones de pedir rezo alguno a un curilla como yo para causa ninguna, y más de índole tan pedestre. 

Luego me ablandaba el corazón diciendo que algún día se casaría, que se entregaría al amor, que se dedicaría a negocios menos turbios, y que esperaba fundar una familia, aunque pequeñita, pero familia, y que invitarían a cenar por Navidad, aunque no celebraran la Navidad. 

Volvió cada año y, ya fuera o no por mis rezos, que de cuando en cuando surtían efecto, Carmelo fue levantando pecho en la vida y encontró prosperidad como director de un concesionario de vehículos de ocasión. Me pidió que rezara para que le nombraran director, como así ocurrió, y luego para que no le quitaran la paga extra, cosa que también sucedió. Después para que no despidieran a la mitad de la plantilla, cosa que no pudimos evitar ni Dios ni yo, y más tarde para que contrataran a dos recién licenciados tiesos de necesidad, plegaria que fue escuchada y bien atendida. 

También recé por que encontrara una mujer, y así se hizo, y casó bien, y luego por el hijo, que llegó al mundo "normal", para lo cual tuve que esmerarme con no pocos rosarios, alguno de ellos hasta el alba. 

Olvidé rezar por su vida, y un día se estampó en la carretera, y mira que le dije que no fumara ni hablara por el móvil mientras conducía. En el funeral, le pregunté a su viuda que por qué no olvidaba esas ideas comunistas y me metía a católico, que de eso nadie se borraba nunca, estando bautizado, y que él mismo podría haber rezado todo lo que había pedido y de paso haberme ahorrado tiempo. 

¿Y con qué excusa iría a visitarlo año tras año? me contestó la buena mujer, con la voz rota de lágrimas.


Pedro Salaberri