Intercambio

Tontxu y Andrés solo se conocían del blog, pero llegaron a intimar más intensamente que con las tibias amistades de su entorno. Intimaron tanto que Tontxu materializó por fin un deseo que anidaba en él desde hacía años: el intercambio de parejas. Tontxu, el vigorizado Tontxu, que coronaba la cima del Cruz de Gorbea cada primero de mayo había quemado ya todos los vicios que proveía la Red. Internet, el sexo virtual, la pornografía de todos los pelajes... todo eso se le quedaba corto, apenas le ponía ya, prefería la vida real. Aunque la infidelidad le creaba problemas de conciencia. 

Técnico agrónomo de formación, coqueteó con unas prácticas zoofílicas ligeras, como una que leyó, cómo no, en internet: La mosca náufraga. Consistía en atrapar una mosca, arrancarle las alas y, en la bañera, colocarla sobre el glande del pene erecto, que sobresale, cual iceberg, cual isla, unos centímetros del agua. La mosca no puede huir o se ahogará, por lo que se dedica a recorrer, frenética, la pequeña isla carnosa, produciendo un cosquilleo estimulante para esa zona sensible. Leyó también que había una variante con cucaracha en vez de mosca, pero la sola idea le produjo una repugnancia considerable. Antes había experimentado con guarradas parecidas, con animales ya inertes, como la conocida técnica de la carne picada en pene. Unos 800 gramos de picadillo de vacuno o cerdo en un ingrediente cilíndrico, para la posterior penetración del miembro viril, que encontraría acomodo en ese refugio cárnico parecido a la vagina femenina. La primera vez que lo probó, comprobaría cómo era recomendable dejar reposar la carne un buen rato fuera de la nevera; el frío cortaba el rollo.

“Es como hacerlo con una muerta”, pensó Tontxu, que era de natural vitalista. Le dio un golpe de microondas al bolo cárnico y se hizo una paja con el recipiente en el que su mujer preparaba la mayonesa, ahora relleno de picadillo. Se corrió dentro y no supo muy bien qué hacer con ese mejunje. Quitó un par de pelillos que habían caído al interior y preparó, sin pensarlo mucho, excitado por la nueva idea, unos espagueti a la boloñesa con esa mezcla tan especiada. No dijo nada a su mujer, que apreció como nunca el plato que había preparado su marido. Tontxu, el herborista, ya conocía las propiedades nutritivas del semen, líquido elemento que su mujer se resistía a ingerir, pese a la insistencia de Tontxu. Le parecía injusto, ya que el gustaba de sorber y pringarse la cara con los jugos vaginales de su mujer, que eran por cierto copiosos. Le gustaba estimular bien esa zona, con la esperanza de generar aquello que se conocía como squirting o eyaculación femenina desaforada y en chorro. Pero aquello no se producía, ni tampoco lo otro; en verdad su mujer era más bien convencional en el sexo y Tontxu se había cansado ya. Fantaseaba con la idea del intercambio de parejas, pero daba por imposible que su mujer aceptara semejante aventura. Primero había que convencer al pacato Andrés y este luego a su mujer. Llevó cosa de un año de negociación pero finalmente Tontxu se salió con la suya.

Quedaron un día de verano, los cuatro, en casa de Tontxu y Marieli, su mujer. Ella se puso su lencería más atrevida, ligas incluidas; quería hacerlo, vestirse como una meretriz, pero es que además su marido le incitaba a ello. Andrés, en cambio, no alteró su moda íntima y mantuvo sus calzoncillos marcapaquete de siempre. Su esposa, Gloria, tampoco eligió un vestuario íntimo especial. Entrada en carnes, no se atrevía a muchas piruetas estilísticas. Al igual que su marido, siempre le había sido fiel, más por falta de ocasión que por deseo. Pero ahora el deseo, como un instrumento para devolverles a la vida, había llamado a su puerta. No se materializaba entre ambos, que eran casi hermanos, pero afloraba sin control y de modo obsesivo hacia otras personas.

Tomaron cerveza en el salón, con unos canapés de cangrejo artificial que hizo sufrir a Andrés al notar cómo se le instalaban en las concavidades de las muelas. En pocos minutos, estaría besando a Marieli y no le apetecía trasladarle esos trocitos tibios de comida. Ella no comía, pero sí bebía cerveza a buen ritmo. La tensión era insoportable, tan sólo rota por algún comentario de Tontxu sobre la nueva chimenea que quería instalar en el salón, pese a que la normativa de esa comunidad de adosados no lo permitía. Fue a la cocina por una botella de tequila y se sentó al lado de Gloria, a la que rodeó con el brazo izquierdo. 
Andrés tragó saliva y se acercó a Marieli, a la que besó en la mejilla cuando todos brindaron con el tequila, que tragó no sin dificultad. Permanecía callado, picoteaba patatuelas y observaba a Tontxu, que seducía a su mujer, Gloria, como si fuera una cualquiera de barra. De pronto, se le echó al cuello y lo empezó a lamer; aquello parecía una película porno barata, pensó Andrés. Tontxu notó esas miradas en su cogote, así que sirvió más tequila para todos, bebió y se llevó a Gloria a su habitación. Se quedó desnudo en nada, erecto completamente, con una verga sana, vigorosa, pletórica. Tenía un cuerpo atlético, moreno, casi perfecto, con los abdominales algo marcados, pero el vientre firme, duro, y esas curvaturas del joven David de Donatello. Gloria sintió el deseo casi magnético de aferrarse a esa chorra larga e introducirla entera en su boca.

Tontxu sintió de pronto un calor inusitado, se acordó de moscas y de islas, pero aquello era mucho mejor. Gloria lo hacía con cariño, de un modo lento pero firme, con vocación. A Marieli, en realidad, no le gustaba, le desencajaba la mandíbula. Tontxu gemía y sudaba de placer, con los abdominales firmes y tersos. Y no tardó en meterse todo el jamón (así llamaba él al sexo de su mujer) de Gloria encima, para provocar un orgasmo instantáneo en la señora de Andrés G. Baringo. Llegarían más orgasmos, cuando Tontxu la penetró por detrás haciéndole ver las estrellas; también sudaría ella, se le pondrían los pezones duros como diamantes, le escocían, y segregaría una serie de líquidos íntimos que ni sospechaba era capaz de generar. Se recostaron sobre la cama, exhaustos, y se permitieron una breve siesta de minutos, para que sus mentes volvieran a posarse, despacio, dentro de sus cuerpos.

Quizá nunca vivió una relación sexual tan intensa con su marido, pensó Gloria. O ya no se acordaba. Habían perdido la chispa del erotismo mutuo, su matrimonio se había asexuado, se había apagado el deseo, eran la clásica pareja amustiada. Por eso, aquella propuesta tan pecaminosa, tan depravada para una católica no practicante como Gloria, le atraía como algo casi terapéutico. Había un fondo de venganza contra su marido, al que reprochaba a menudo su pusilanimidad, pero también la necesidad de embarcarse los dos juntos en una aventura, más allá de recorrer juntos el Camino de Santiago o acudir a degustaciones de vino a la Rioja alavesa.

Andrés oyó los gritos infernales de gusto que venían del piso de arriba y engulló un par de canapés de cangrejo. Acarició el rostro de Marieli, su piel blanquecina, con el mentón como una mandarina ya madura, y no le apeteció besarla. No había por qué forzar las cosas. Ella se levantó y preparó gazpacho en la cocina. Dejó la puerta abierta, dejando al descubierto una hermosa espalda, que se erigía solemne hasta culminar en un bien esculpido culo, tapado por una falda que formaba un hexágono irregular. El sol de agosto, tamizado por las cortinas, llenaba la estancia de una luz maravillosa y Andrés quiso ser cualquier otra persona en el mundo menos él. Como no llegaba su mujer, decidió esperarla en el coche. Escuchó Radio33. Leyó un ejemplar de su colección de suplementos culturales atrasados. Se cagó en su vida.