Focus: que no te dominen las redes

Hace unos días comí con Homo Minimus, dentro del Proyecto 52 Comidas, del que por cierto tengo pendiente escribir por aquí. Desde entonces, he incluido su blog en mi lista de blogs preferentes, esa en la que entran un máximo de diez porque, como veremos más adelante, también hay que racionalizar, minimizar, seleccionar el número de blogs que uno lee. Hoy, por ejemplo, no pienso leer ningún diario digital, ni en papel. Tampoco escucharé la radio y si veo el telediario será por casualidad. No pasa nada, amigos.

Sobre la no dependencia de la actualidad más actual insiste bastante Leo Babauta, autor de Focus, libro que ha traducido el propio Homo Minimus y que ofrece gratis en su blog a cambio de un tuit o publicación en Facebook. También ha traducido recientemente El pequeño libro de la satisfacción, que se descarga gratis aquí, y que leeré próximamente.

Como todo hijo de vecino con ínfulas, tengo mis prejuicios y reservas sobre los libros de autoayuda. A veces da la sensación de que te ofrecen un atajo para un camino de perfección que hay que experimentar por uno mismo, de modo penoso a veces, y que no se solventa con la lectura de 150 páginas. Pero también es cierto que en esas 150 páginas puedes encontrar una clave que a ti no se te había ocurrido y ya solo por eso pueden merecer la pena. Tengo mis prejuicios y reservas, digo, pero también estoy abierto a que esos prejuicios se conviertan en juicios favorables. Es más, siento gratitud hacia este tipo de libros, porque gracias a uno de ellos, Dejar de fumar es fácil, si sabes cómo, de Allen Carr, dejé de fumar y, además, me pareció fácil. 

Tenemos demasiadas convenciones dentro que a menudo son errores de libro; conviene estar abierto a cambiar esos dogmas íntimos. Hay quien carga con ellos toda su vida.

Desde hace casi seis años, noviembre de 2007, uso diariamente Facebook. Gracias a Facebook he hecho nuevos amigos, he afianzado los que ya tenía y he recuperado viejas amistades, que han pasado a ser amistades actuales. He tenido historias sentimentales gracias a Facebook y también he ganado dinero gracias a Facebook y me han invitado a participar en festivales literarios y charlas gracias a Facebook. Gracias a Twitter también he conocido a gente como Gonzalo Garrido, que me incluyó en la primera lista del Encuentro de Blogs Literarios, donde conocí a gente como Jordi Corominas, con el que por cierto conversaré sobre el pudor autobiográfico el próximo 22 de noviembre en FNAC Castellana.

Le debo mucho a las redes sociales y me hacen una compañía inestimable en la soledad del corredor de fondo de quien no quiere tener jefes ni rutinas prefabricadas. Sin embargo, como todo lo bueno, son un arma de doble filo. A menudo, he sentido que eran ellas quienes me dominaban y no al revés. Consciente de ello, asumí con humildad su fuerza y durante años me dediqué a aceptar mi rol sumiso. Era un juguete nuevo con gran fuerza adictiva: pues bien, yo sería el más yonqui de todos. Exprimí al máximo la herramienta hasta convertirme en una persona más virtual que otra cosa, hubo gente que me saludó como a una suerte de celebrity: "Es extraño verte, así, en persona, es como hablar con un famoso". 

No negaré que esa especie de popularidad virtual, que gente como Agus Alonso me diera el título del PASM*, me generaba una de esas caricias al ego que van directamente a donde se segrega la dopamina, o la serotonina, esos juguicos de lo bueno, y que quisiera más. Pero también había algo casi autodestructivo, una contumacia en la procrastinación que cada vez me preocupaba más. 
Siempre fui consciente de los males de este tabaco, pero seguí fumando porque quería fumar. Como lo hice cuando fumaba, literalmente hablando, hasta que un día decidí dejar de hacerlo. No voy a dejar este vicio, pero sí que haré como los fumadores modernos que de pronto se pasan al tabaco de liar y dosifican con notable arte un hábito a priori tan esclavo como el del fumeteo.

*Puto Amo del Socia Media

Por qué hacerlo. Porque ya no me hace tanta gracia ver cómo mis jornadas se esfuman como pompas de jabón dejando esa conocida insatisfacción del deber no cumplido. Porque el abuso de las redes sociales, de WhatsApp, del correo electrónico, Spotify, Instagram, redes de ligoteo, de los blogs (esto ya no tanto), de toda esa conectividad y distracción constante que critica Leo Babauta en Focus, me ha generado sobre todo dos problemas: 

- Pérdida de tiempo. Jornadas en que la procrastinación dilata tanto el tiempo de trabajo que uno no hace otra cosa más que estar frente al ordenador, dedicando el doble de horas a una actividad que, con la debida focalización costaría, eso, la mitad. O menos. (Y más aún si uno toca la guitarra, jeje)

- Coste neuronal. La participación en encendidos debates sobre la conveniencia de los escraches como acción política, del uso del artículo la al hablar de la callas o la Munro o de la decadencia o no de Madrid me ha ayudado a afilar mis recursos argumentales y he aprendido mucho, porque hay gente que sabe mucho y porque escuchar otros pensamientos te ayuda a moldear los tuyos y, atención, a cambiar de opinión, gran cosa esta. Pero hay un coste neuronal, un desgaste intelectual en todo ese derroche de saliva digital que va en detrimento de otras actividades más necesarias, como las creativas, las periodísticas y las relacionadas con otros proyectos personales. A menudo he pensado cómo sería yo sin las redes, o con menos redes, y el potencial que he ido perdiendo en tantas horas de vuelo virtual. 


Ilustración, del polaco Pawel Kuczynski   (vía @noosfeer)


Lo que me gusta del libro Focus es que no trata de imponerte ninguna receta de la felicidad de obligado cumplimiento del tipo: ¡Céntrate solo en una sola cosa! No, de hecho invita a buscar fórmulas híbridas que se adopten a cada caso concreto. Por ejemplo, trabajar durante la mañana en una actividad (intelectual, por ejemplo) y por la tarde en otra actividad diferente (administrativa, de gestión) para descansar parte del cerebro. Esto se lo escuché al escritor cubano Pedro Juan Gutiérrez, que decía que en esta entrevista que por la tarde escribía (hemisferio izquierdo) y por la tarde se dedicaba solo a pintar (hemisferio derecho, sobre todo). Da que pensar la productividad que se puede generar si uno sabe jugar bien sus cartas, afilar sus poderes. 

Muchas veces he sentido la sensación al final del día de haber tirado la jornada a la basura y de tener la cabeza como una jaula de moscas espídicas que emitieran lúcidos mensajes de miles de temáticas distintas y a gran velocidad. Quizá haya llegado el momento de cambiar las tornas del pulso y empezar a liderar la partida. Babauta no sugiere que se corte por lo sano con las distintas conexiones, aunque él decidió en un momento dado prescindir del correo electrónico. Enamorado de las nuevas tecnologías, sí que invita a un uso racional, a una combinación inteligente entre periodos de conexión y de desconexión. Y me gusta la idea, exclusiva de esta era, de poder disfrutar de la vida conectada como de la desconectada, una especie de contraste invierno-verano, cada uno con sus encantos. 

Durante un tiempo me creí una especie de Superhombre digital capaz de escribir mis mejores páginas literarias al tiempo que defendía o criticaba la independencia de Cataluña, respondía a propuestas sobre fines de semana rurales, comentaba recetas de cocina o jugaba a Ramón Gómez de la Serna en Twitter. Miguel Veyrat, sobre su abandono de TW: "Aquello era una jaula de grillos". Es bueno asumir, con cierta humildad, las limitaciones, y reconocer que toda esa maraña simultánea de estímulos suponía, supone, un freno a la productividad. 

Me gusta Focus porque además de no proponer soluciones tajantes, da consejos concretos. Uno de ellos es su defensa de la no respuesta. Durante tiempo odié lo que vine en llamar las no-replies, y hasta desprecié a esos tuiteros de éxito que jamás respondían a las interacciones. Me prometí hacer lo contrario y responder a todas y cada una de las veces que me interpelaran. Últimamente he empezado a hacerlo menos. Dice Babauta que no pasa nada, que si lo hacemos es por miedo a resultar maleducados, a perder oportunidades de trabajo... El tiempo moderno debe entender que la no-respuesta no implica rechazo o desconsideración, sino la apuesta por una existencia con periodos de desconexión que pueden tener ese peaje. 

Si no te respondo, no es nada personal. 

Válido para los grupos de WhatsApp.

Es más concreto aún cuando sugiere una serie de programas que son verdaderos aliados en la lucha contra la procrastinación y en la conquista de la libertad, digamos, de conexión. Algunos de ellos: 

- Freedom (Mac): que permite programar periodos de desconexión total, literal, de internet, para evitar la distracciones mientras trabajas en el ordenador. 

- Self Control: te impide el acceso a webs concretas, ideal para capar Facebook durante horas, por ejemplo. 

- StayFocused: esta es una de las que más me interesa. Limita el tiempo de consumo de determinadas páginas. Estoy valorando limitar, de entrada, mi presencia en Facebook a dos horas diarias

Todo esto, unido a la técnica del pomodoro, que leí también en el blog de Homo Minimus, o el simple truco de poner por escrito los objetivos para cada día, y que he empezado a aplicar, me parecen unas claves interesantes para unas cuestiones poco menores que tienen que ver con felicidad y libertad.