Dos historias reales (1/2)

Isabel vive en un piso cercano al cuartel del Conde Duque, que alquila a una señora de más de ochenta, a quien paga religiosamente su renta. La señora es una entrañable abuelita Paz con un punto outsider: ha vivido la mayor parte de su vida en Ámsterdam, en un exilio quizá poético y voluntario. Ser mujer soltera en tiempos de Franco era una pesadilla cotidiana que no estuvo dispuesta a aguantar, así que cambió el sol de su Madrid natal por la lluvia de Holanda pero con ello ganó una libertad que bajó el yugo político y familiar ni siquiera habría rozado con los dedos. Su familia no encajó bien ese movimiento expansivo y la puso en la lista negra para siempre. Además, sus ideas demasiado abiertas cada vez les irritaban más. Que se vaya, y que no vuelva. 

Pero un día volvió porque la humedad del país de acogida no le sentaba bien, y porque las ganas de morir intensifican el apego por las raíces, y se instaló en una residencia de ancianos. Desde allí realizó las gestiones para volver a alquilar el piso que a pesar de todo le habían cedido en herencia, y que llevaba años vacío. Isabel, periodista soltera, le pareció la inquilina ideal, pronto hicieron buenas migas. Tanto es así que Isabel comenzó a visitarla a la residencia, aunque el avance del alzhéimer acabó por reducir esa relación a un juego de sombras y el párkinson aportaba un matiz algo patético a la escena. 

Un domingo, Isabel fue a verla pero se encontró con un certificado de defunción. No dejó testamento ni ningún teléfono de contacto. Solo el comentario de una trabajadora social: "Tiene una sobrina, pero ha dicho que no quiere saber nada. Nada". Llegó a casa y sintió la soledad de su amiga muerta por las paredes y el incómodo alivio de no tener que pagar la renta nunca más.