Artes y oficios

Me habían hablado tan bien del discurso de Muñoz Molina al recoger el Príncipe de Asturias de las Letras que pensaba encontrar una fabulosa arenga para avanzar hacia una nueva España y veo que es una cosa más modesta, un abrazar el estatus de libertades del que hoy gozamos, idea esta que sí que es cierto que nos parece que nos viene de serie, al menos a los nacidos a partir de 1975. Y no, hubo quien se dejó la vida en el empeño. 

Después de ver La ciudad de los prodigios, versión de la famosa novela de Mendoza adaptada al cine por Mario Camus, me alegré de haber nacido en un tiempo en el cual ya no se da el sufrido o estás con nosotros o contra nosotros. Hoy uno puede vivir a su aire, caer en contradicciones, ser un burgués de salón y televisión de plasma con suscripción a todo el fútbol europeo, y jugar luego a vocinglero comunista que carga las tintas contra el empresario al que luego le exige el ganapán para seguir cagándose en él. 

Vivimos tiempos menos heroicos y qué bien que ya no haya autos de fe en las plazas públicas, ni torturas a esos verdaderos héroes que se jugaron el tipo (muchos acabaron bajo tierra) que fueron los comunistas españoles durante el franquismo, y que Carrillo homenajeó en su recomendable libro Los viejos camaradas.

Hoy incluso puedes cagarte en ETA y su zafiedad política y violenta de décadas sin temor a represalias. Valientes fueron los que lo hicieron en los años duros, Fernando Savater, por ejemplo. Mitigada la amenaza islamista radical, España es un país de precariedad pero que se puede permitir cierta legerté y esquilmar el dinero de las herencias y la paga de los abuelos como si no hubiera un mañana. A lo mejor, cuando llegue el mañana, la cosa ha remontado como quiere hacernos creer el señor Botín, que a lo mejor hasta tiene razón y en esto de la economía todo es posible y cualquier gurusismo es válido. 

Habla Muñoz Molina de ser constante en el oficio. Bien. Me parece un arte, el de cierta perseverancia y escribir porque sí, hacer las cosas porque sí, por el mero amor a hacerlas, que es algo que yo he visto hacer sobre todo en Francia y perdón la eterna comparación con el país vecino. Recuerdo a un heladero de la calle Gambetta de San Juan de Luz que se pegó cinco minutos creándome la bola perfecta para mi helado de pistacho. Nos falta mucho por llegar a esa sabiduría y a menudo seguimos encargando rótulos sin tildes, como denuncia ese afortunado anuncio de Sprite

Sigo echando en falta una propuesta de España que no sea tibia (ni maximalista-radical), alguien que se moje y trate de pintar un paisaje nacional, plurinacional, más estimulante que este Estado centrífugo y de los individualismos territoriales en que nos movemos. Una declaración de mínimos. Un cierto nuevo espíritu, como lo hubo en las Cortes de Cádiz de 1812 hasta que la leyenda negra de España se materializó en la figura de Fernando VII. Un 15M maduro.

Creo que esa persona podría ser Antonio Muñoz Molina, que en su Todo lo que era sólido ya nos ofreció un análisis certero y nada tibio de las sombras de este periodo de democracia en el que España se ha reconstruido renqueante de los años verdaderamente oscuros. 

Llevamos 32 años sin sustos como el del 23F, pero da la sensación de que la casa está todavía manga por hombro. Que en lo esencial no hemos avanzado mucho. 

Optimista vocacional, quiero creer que la cosa irá a mejor, y no me refiero tanto a lo económico, aunque también. Quizá la clave esté en que cada uno haga bien su oficio, con arte, y deje de malmeter o mirar al de al lado con la bajeza de espíritu habitual de ciertas comunidades de vecinos. 
Y cierro con las últimas palabras del discurso de Muñoz Molina, pronunciado ayer en Oviedo el 25 de octubre de 2013: 

"Es nuestra responsabilidad salvar lo que ganamos gracias a que muchas personas hicieron y hacen bien sus oficios, privados y públicos; y también reflexionar con urgencia sobre todos los errores, todas las inercias y descuidos que necesitamos corregir. En esa tarea los oficios de las palabras podrán ser más útiles que nunca". 


Madrid visto desde Torres Blancas, 1976-1982, Antonio López


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