Tiempos poéticos

"Me da pena la gente", decía el artista pop Robert Rauschenberg, "que piensa que los platos de sopa o las botellas de Coca-Cola son feas porque ese tipo de cosas son las que ven todos los días a su alrededor y por eso mismo las consideran despreciables"*. 


*(¿Qué estás mirando? Will Gompertz, ed. Taurus, 2013)


Leo luego al Chesterton de Herejes (ed. Acantilado, 2009) donde habla de la palabra buzón, y de cómo la palabra buzón "no es poética", pero sí en cambio el objeto buzón: "Sitio al que amigos y amantes confían sus mensajes, conscientes de que, una vez que lo han hecho, éstos son sagrados y no deben ser tocados; y no solo por otros, ¡ni siquiera por ellos mismos! Esa torrecilla roja es uno de los últimos templos". 

Y no le falta razón a Chesterton, aunque podríamos debatir incluso si la propia palabra, todas las palabras, buzón, maravedí, no son también poéticas en si mismas, como conjuntos de signos gráficos que evocan un objeto, la palabra como parábola. ¿Acaso no hay poesía en esta foto a una palabra, tomada hace escasos días, para ilustrar este post, en uno de esos pueblos languidecientes de Zamora? 





¿Acaso no hay poesía en muchas de las fotos que diariamente suben en tropel los usuarios de Instagram? Sí la hay. 

¿Hay poesía en el dolor, en la desgracia? También la hay. Quizá porque al retratar el dolor desde la perspectiva poética, pienso en algunas viñetas de El Roto, le demos un manto de consuelo o empatía a la desgracia, haciéndola menos desgraciada y más humana.

A pesar de todo, vivimos tiempos poéticos, y hay un impulso poético en muchos de nosotros que, como las citadas viñetas, añaden un manto de consuelo, de empatía al mundo, al señalar aquello que dijo Caspar David Friedrich de "lo divino está en todas partes, incluso en un grano de arena".