Dinero

"El dinero no huele, non olet, decían los latinos, pero quema, quema en las manos. Nos desprendemos de él en cuanto tenemos ocasión, y una pesadumbre nos invade si los ceros de la chequera nos permiten un ad infinitum, si es que alguna vez se diera el caso. El dinero no huele pero quema, abrasa, por la carga de libertad desaforada que provoca. Por eso el rico se compra yates que cuestan un potosí en petróleo y palacios que requieren un servicio que menguará sus reservas de oro a pasos de gigante. El dinero genera el riesgo de la holganza y, excepto en el judío que se frota las manos, genera un desasosiego difícil de confesar en quien lo tiene en abundancia, que añora los años de dificultades. Eso explica que el rico invierta en proyectos imposibles, para huir cuanto antes de ese pescar en una pecera que no es sino la muerte en vida. 


Es tortuoso el camino del rico para serlo cada vez menos, y los piruetas que debe hacer para aproximarse a ese vivir al límite son cada vez más rocambolescas y puede incluso acabar con sus huesos en la bancarrota o en el duro asfalto. Yo intuí este hecho relativamente joven y preferí vivir al límite con pocos pero certeros movimientos en lugar de dejarme la vida en despachos y reuniones de altura en países árabes. Y cuando me faltaba una emoción, pues ya saben ustedes, cherchez la femme, y así he ido viviendo más bien que mal".


Germán Moscoví, Ensayos y errores (1972)

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