Blanco y negro

Hace años, en concreto 15, escribí un relato titulado Blanco y negro, que envié por cierto a un certamen literario navarro, donde pasó sin pena ni gloria. Iba de un tipo que muere y que de pronto se encuentra en un vestíbulo aséptico con dos puertas frente a él, una negra y otra blanca. En la blanca, todos los placeres del mundo. En la negra, el horror de la tortura continuada. El hombre entra en la blanca, cómo no, pero tras hartarse de todas esas cosas placenteras que imagináis, se siente vacío, ya no le causa efecto. Tiene que entrar en la negra para que le den una paliza, le partan dos dientes, y así valore los candorosos masajes que le aplican unas ninfas estupendas de la sala blanca. Qué jodido, venía a ser la moraleja, tener que aplicarte tú mismo la dosificación de lo bueno y lo malo. Qué bien que la vida se encarga, por sí sola, de meternos en la sala negra y en la blanca. Recuerdo que se lo enseñé a mi padre, ya enfermo del cáncer que le mataría dos años después, y no le hizo mucha gracia. Mi relato, con esa arrogante vocación juvenil de desvelar una verdad en la que nadie había reparado, tenía lógicamente sus fallas. Pero con el tiempo, mis dos amigos del Café de Ruiz, Lorenzo y Holzer, lo hemos ido evocando no pocas veces, como si contuviera una verdad tan sencilla como real.


Subrayo un pasaje de La vida íntima, de Sylvain Tesson, el tipo que se instala seis meses, sala blanquinegra, en una cabaña a orillas del lago Baikal, en Siberia: 

Lo esencial es conducir la vida a golpes de timón. Pasar la cresta de la ola entre mundos contrastados. Equilibrar el placer y el peligro, el frío del invierno ruso y el calor de la estufa. No instalarse, oscilar siempre de una a otra extremidad del espectro de las sensaciones.

Tesson, haciendo de las suyas, en un lugar de Siberia.

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