Recordando a Miguel Ángel Arbea

Era una pena que el pelo no creciera más rápido para ir más a menudo a la peluquería Arbea, donde Miguel Ángel ejercía de alma máter con la humildad de los que se saben esenciales. Lo fue, y estaba en su mejor momento, poco después de publicar el disco de homenaje al Quijote, Recordando a Cervantes, con unas canciones a la guitarra que escuché en aquel año 2003 y después hasta desgastar el cedé. 

En torno a Miguel Ángel, un negocio que era más que un negocio, o que si algo no era era negocio. Una tabla de subsistencia, como podía haber sido cualquier otra, para ganarse la vida y la de sus hijos con un oficio digno; pero lo suyo era el arte, aunque quizá le faltó el arrojo necesario, o que tenía un punto ácido notable, para lanzarse a la carretera como sí hizo un Amancio Prada, que sigue disfrutando de un éxito hecho a su medida. 

Marinero en tierra, guitarrista en peluquería, Miguel Ángel suplía las pejigueras del oficio ofreciendo charla barojiana y digresiones antisolemnes a lo largo de la hora de sesión de barbería. Evoco como recuerdos inventados los cigarrillos que caían a lo largo del rato de corte, café cortado en mano y el humo por encima de la bata de cliente. A veces, uno, iba con ganas de cortarse y pelo y nada más, pero pronto la cosa adquiría tintes de dialéctica platónica en el segundo piso de la calle Estella de Pamplona, interrumpida por las consultas de tipo capilar. ¿Más corto el flequillo o así está bien?

Le azuzaba para que le metiera más caña a la guitarra. Siempre quedábamos en quedar pero no lo hacíamos nunca. Así somos los hombres, a veces. Se resignaba a su destino, asumía su agrafía musical, negando un pasado de recitales en allá por los sesenta o setenta que avalaban un talento poco explotado. ¿Para qué hacer nada?", sentenciaba, más trágico que cómico. "Para aportar belleza al mundo", le dije, y se descojonó sonoramente. "Belleza al mundo dice..., jajajaj". 

Poco antes de que el cáncer se lo llevara, un 5 de junio de 2003, en su retiro de La Coruña, se lanzó a entonar un atinado canto del cisne. El antes citado Recordando a Cervantes, en el que no hay canción mala, dentro de esa canción de autor añeja y literaria.

Es difícil encontrar el rastro cultural, musical, de Miguel Ángel Arbea. Apenas un enlace a su disco, a la venta en Elkar. Fue su última "quijotada", como me firmó en la carátula del cedé, diseñada con acierto por Carlos Ciganda. Justo cuando logró matar al Sancho que anidaba en él, le llegó la hora de partir. Y, al contrario que don Quijote, murió loco.





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