La sexta novela

Conocí el éxito de cerca. No el mío, sino el de Jöel Dicker, flamante autor de 'La verdad sobre el caso Harry Quebert', libro de esos que llaman page turner, concebido para leer sin parar, abstraído del mundo y engorilado en una trama urdida para no querer acabarlo.

Contó que hubo antes cinco novelas. Cuatro sin editar, la quinta con un éxito tan discreto que no puede considerarse tal. Y menos para ese tipo de obras diseñadas para romper escaparates; pienso en obras personales de éxito tan discreto que uno no sabe si es éxito o lo contrario y me calmo con que el alcance de lo lírico es siempre menor. Pero también de mayor calidad. Prefiero dejar una huella, literaria, humana, en cien lectores que entretener a setecientos millones. 

Aunque no me desagradaría la difusión millonaria que ha tenido este escritor nacido un Bloomsday de 1985, en Ginebra, Suiza. Son ya muchas entrevistas a escritores de más o menos éxito. Me gusta acercarme a aquellos que han sabido tocar las teclas adecuadas para conseguir su fin. Aunque me inquieta lo mínimo, he aprendido que el éxito va más allá de la consecución de ciertas portadas de suplemento cultural.

De Dicker he aprendido que escribir es un fin en sí mismo. Y la admirable capacidad para escribir cuatro novelas sin el apoyo de nadie más que la fe en uno mismo sin abandonarse al desaliento. Un  escritor de verdad nunca se rinde.


¿Cómo juzga esos libros desde la distancia? ¿Tienen la calidad suficiente para ser publicados en el futuro?
Cuando alguien termina un libro siempre cree que es la mejor obra de toda la galaxia, pero conforme pasa el tiempo y se va leyendo empieza a ser menos bueno y surge una incluso una relación de odio y rechazo: ¿Cómo he podido escribir esto? No tengo pensando publicar esos textos ahora; para mí el placer reside en el mero hecho de escribir, no me interesa coger viejos textos porque disfruto creando nuevos.



Comentarios

  1. Supongo que hay varios escalones de éxito, en orden ascendente yo diría: acabar un libro, que te lo publiquen, que lo lea alguien, que lo lea mucha gente, que cambie el mundo. El único que depende sólo del autor es el primero y supongo que es el más verdadero.

    No estoy de acuerdo en eso de que escribir sea un fin en sí mismo, precisamente, ese es el gran mal de los escritores, que escriben por escribir, sin que una verdad nazca dentro de ellos y se sientan obligados a transmitirla. Por otro lado, en tus comentarios acompañas el "escribir es un fin en sí mismo" con la frase "la admirable capacidad para escribir cuatro novelas sin el apoyo de nadie", es decir, sin que te las publiquen. Y luego "Un escritor de verdad nunca se rinde"... pero si escribes por escribir, escribir cuatro novelas es algo maravilloso, ¿no?, ¿qué es eso de rendirse?, ¿no estará relacionado con la publicación de las obras? Según tus comentarios, el fin es que otros te lean, entonces escribes para que otros valoren tu obra y eso en el fondo se reduce al ego. Porque si escribir es un fin en sí mismo, que no te publiquen no importa.

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  2. Hola Cordón,

    He andado bordeando la contradicción, ejje. Pero sí, escribir es un fin en si mismo, pero que alcanza su plena realización cuando lo compartes, llega a los demás. Si ese público es receptivo, te lee con interés, y no son cuatro gatos, pues mejor que mejor.

    Uno disfruta escribiendo, pero se completa la cosa con la recepción de los demás. Me lo dijo un día Antonio López, y lo he repetido en varios foros: "Si uno encuentra placer en lo que hace, y encima tiene el favor del público, puede seguir hasta el infinito".

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  3. Estoy de acuerdo con lo que dices, Eduardo ("Prefiero dejar una huella, literaria, humana, en cien lectores que entretener a setecientos"), aunque quería matizarlo cuantitativamente: Yo pondría "setecientos millones".

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  4. Es cierto, Nico, lo voy a corregir, me quedé corto. Gracias

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