Junio

Tuve conciencia de junio en junio de 1985. Ese año cumpliría seis años y empezábamos a leer. En clase, nos sentábamos en el suelo en torno a una línea roja circular y atendíamos a las explicaciones de la señorita; la doble erre era una moto ruidosa, la ese la boca de una enfermera con un dedo sobre los labios, la e una oreja de un sordo. Nuestros nombres, Eduardo Laporte, con letra infantil y redonda, una  cartulina alargada que debíamos buscar en una caja de zapatos con el resto de los nombres de los compañeros. Como no sabíamos leer, se nos asignó un icono para saber cuál era nuestro perchero. Mi dibujito, una pegatina sobre el gancho de metal, era una silla. Una silla mullida de madera. 

Un día llegó junio, 1 de dicho de mes de 1985, y la señorita lo escribió con gran soltura en la pizarra. Era una tarde soleada, porque recuerdo que fue por la tarde. No éramos esos niños pachones de hoy día que solo van al cole por la mañana y el resto lo pasan comiendo bollos y viendo la tele; nosotros íbamos mañana y tarde a clase. Pensé en lo raro del nombre, junio, precediendo a julio. ¿Quién era el lumbreras que había bautizado de manera tan equívoca a esos meses?

Era el principio de esa carrera sin fondo que era disipar las nebulosas de la ignorancia y era junio.

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